Esta vez el destino fue Bariloche. El costo del capricho aéreo costó una fortuna. Todo en medio de una economía incendiada para la mayoría de los salteños.
Mientras a los salteños les cuesta llegar a fin de mes, el gobernador Gustavo Sáenz utilizó otra vez el avión de la provincia como si fuera su taxi personal. Para él, la aeronave no es un recurso estratégico, sino un privilegio personal. Mientras tanto, los hospitales no tienen insumos, los comedores barriales no dan abasto y miles de familias viven con lo justo.
Pero nada de eso parece importarle al gobernador. Viaja como si la crisis no existiera, blindado por turbinas pagadas con el bolsillo de todos los salteños.
Bariloche no es precisamente un destino inaccesible. Con vuelos comerciales diarios desde Buenos Aires, llegar a la Patagonia no es un problema. El problema es la inmoralidad: gastar (según una estimación) 30 mil dólares de dinero público para moverse con comodidad, mientras piden a los ciudadanos que “hagan sacrificios”.
Sáenz se vende como un dirigente cercano al pueblo, pero su práctica lo pinta de cuerpo entero. Lo suyo no es gestión, es ostentación. Lo suyo no es austeridad, es despilfarro. El avión oficial se ha convertido en un símbolo obsceno de un poder que vive a espaldas de la realidad.
La crisis económica exige ejemplos, no privilegios. Sáenz debería dar la cara y explicar por qué eligió gastar fortunas en un viaje que podía hacer como cualquier mortal, en un vuelo de línea. Pero claro, el sacrificio siempre es para los de abajo. Él, mientras tanto, seguirá surcando el cielo con cargo a un pueblo que, muchas veces, no puede poner un plato de comida sobre la mesa.
