Acompañado solo por Emiliano Estrada y unos pocos dirigentes, el exgobernador gasta en redes, pero no genera en apoyo. Las encuestas que muestra su entorno ya nadie las cree.
Juan Manuel Urtubey atraviesa, quizás, la campaña más solitaria de su carrera política. El exgobernador que supo tener el poder absoluto en Salta hoy camina por el interior salteño con apenas una decena de acompañantes, entre ellos Emiliano Estrada y algunos dirigentes de bajo perfil que aún se resisten a aceptar lo evidente: el urtubeicismo ya no convoca a nadie.
Lo que antes eran caravanas multitudinarias hoy, sin el aparato estatal, son recorridas tímidas, con panfletos que se reparten más por compromiso y dinero que por convicción. No hay militancia, no hay mística, no hay entusiasmo. Solo un intento de resurrección política sostenido a fuerza de una enorme pauta digital y encuestas que ya nadie toma en serio.
En su entorno, se muestran confiados. Insisten en que las encuestas lo ponen “bien posicionado”, cerca de Emilia Orozco y que “el voto silencioso” lo va a acompañar. Pero nadie fuera de ese círculo chico parece creerles. Ni siquiera los encuestadores que, tras varios papelones recientes, se esfuerzan por reflotar números que nadie compra.
Urtubey está invirtiendo una fortuna en publicidad digital (muy por arriba de los $100 millones). La maquinaria de redes no para: videos editados al milímetro, mensajes emotivos, slogans reciclados. Pero los “likes” que atraen el sello no se traducen en apoyo real. Ni con todo el presupuesto de la campaña logra romper la indiferencia de una sociedad que lo recuerda más por los excesos de sus 12 años de gobierno que por sus promesas y discursos actuales.
Porque todos recuerdan su obsesión por la “avenida del medio” y sus frases llenas de odio hacia Cristina Fernández y su acercamiento a Mauricio Macri. Es que, en general, los “panqueques” no se destacan, justamente, por la credibilidad. Y el principal problema de Urtubey es que ya nadie le cree. Son cada vez menos los que creen que se unirá al bloque del peronismo en el Congreso y que se dejará conducir por la dirigencia kirchnerista. La gran mayoría cree que su “defensa a los salteños” y su “límite a Milei” se esfumará rápidamente cuando se acomode en su banca.
La realidad es dura: el exgobernador no levanta. Ni con encuestas, ni con plata, ni con operaciones mediáticas. La Salta de hoy no es la que lo aplaudía desde los actos oficiales. Es otra, más desconfiada, más golpeada, y menos dispuesta a creer en quien ya tuvo su oportunidad.
