Detrás del discurso de provincialismo, el espacio de Gustavo Sáenz demuestra una y otra vez su vocación por alinearse con el Gobierno nacional. Un proyecto sin convicciones, que se acomoda según la conveniencia.
El saencismo ya no puede sostener el guion que escribe para la tribuna. Lo que en la semana que termina hoy se vendió como un “gesto de rebeldía” frente al Gobierno nacional terminó siendo, apenas, otro acto de utilería política. Gustavo Sáenz montó un show en Plaza de Mayo, arengó contra el poder central y, minutos después, ingresó sonriente a la Casa Rosada junto a Santiago Caputo, el cerebro del mileísmo, para acordar vaya a saber qué. Todo un sainete de esos que ya no sorprenden, pero sí indignan.
El resultado fue inmediato: al día siguiente, los diputados saencistas se ausentaron de la sesión clave en la Cámara, aquella que buscaba ponerle un freno al festival de decretos de Javier Milei. No hicieron falta más pruebas. El “enojo” fue una puesta en escena; la obediencia, la realidad.
Lo cierto es que el saencismo se muere por acordar con Milei. Siempre lo hizo. Desde los primeros días del nuevo gobierno nacional, Sáenz y su entorno repiten el mismo libreto: gestos de autonomía hacia afuera, y negociaciones silenciosas hacia adentro. La candidatura de Flavia Royón, exfuncionaria de Milei, no escapa a esa lógica: su perfil ambiguo y su simpatía declarada por el presidente libertario la ubican más cerca del mileísmo que de cualquier otra fuerza política.
El problema, y la única traba para concretar ese amor político, es que los libertarios salteños nunca aceptaron el desembarco del saencismo. Hay una resistencia interna, un recelo evidente: saben que Sáenz y los suyos solo buscan colarse en la ola libertaria, hoy en declive, para seguir en el poder, sin convicciones, sin coherencia y sin pudor.
El movimiento de esta semana dejó en claro que el saencismo no es más que una estafa al electorado salteño. Sin ningún tipo de vergüenza, este espacio se muestra como una especie de engranaje más de los que se acomodan según sople el viento de Buenos Aires. Cambian de discurso y de aliados con la misma facilidad con la que cambian de foto en campaña.
