Del acting del comienzo de la campaña en la UNSa al voto de la nueva senadora nacional que liquida la ciencia y las escuelas técnicas.
No fue un error, no fue ingenuidad y mucho menos una “decisión técnica”. El voto de Flavia Royón en el Senado fue una definición política y, fundamentalmente, una confesión. Después de posar en el arranque de su campaña en la Universidad Nacional de Salta (UNSa) como “defensora” de la educación pública, levantó la mano para acompañar un presupuesto que recorta, desfinancia y dinamita la ciencia, la universidad y el futuro de miles de salteños. Ese gesto, tan frío como calculado, terminó de confirmar lo que muchos ya advertían: el saencismo es la estafa electoral más grande que se le vendió a los salteños en años.
En la UNSa, la senadora saencista hizo creer a varios desprevenidos que denunciaría en el Congreso el ajuste y que iba a defender la ciencia. Cuatro meses después levantó la mano para dinamitar ese mismo futuro que decía proteger. Eso no fue un desliz: fue un baldazo de agua fría sobre las esperanzas de miles de estudiantes y docentes.
En concreto, votó a favor del artículo 30 del Presupuesto Nacional, el artículo que elimina el piso mínimo del 6% del PBI para educación y desmantela la Ley de Ciencia y Técnica, además de borrar casi todo el financiamiento para las escuelas técnicas. Resultado: un golpe brutal a la educación pública y un retroceso sin eufemismos en la inversión en conocimiento.
Pero la traición de Royón no cae del cielo. Tiene un nombre: Gustavo Sáenz. El mismo gobernador que en campaña se presentaba como “la opción provincial”, defensor de “Salta primero”, y opositor autónomo de cualquier cordón umbilical con el poder central. Hoy, ese discurso es un cascarón vacío. La gran estafa electoral del saencismo no fue solo prometer independencia y acabar obedeciendo al poder de turno, sino venderle a los salteños una supuesta defensa de sus intereses que se traduce en apoyar recortes nacionales que castigan a su propia gente.
Sáenz prometió ser distinto, “ni Cristina ni Milei”. Se cacareó como inflexible, paladín de una Salta soberana. Sin embargo, se arrodilló (como siempre) ante la Casa Rosada y se dedicó a acompañar todas las reformas, incluida la que ahora vacía la educación pública y la ciencia. Ese viraje, de “primero los salteños” a “acá estamos para obedecer”, no es solo oportunismo: es la confirmación de que la política para el saencismo es simplemente un trueque entre esposas y favores, entre votos y prebendas.
Pero no fue la primera vez que hace ese mismo movimiento: los ensayos de Pamela Calleti primero y de Pablo Outes y Yolanda Vega después, dan muestra de eso.
El voto de Royón del viernes es la confirmación del patrón: discursos para la foto, votos que entregan el futuro. La educación pública, esa que forma profesores, ingenieros (como la propia Royón), científicos, técnicos, hoy queda herida porque dirigentes que se los ponen en la boca como bandera, en la práctica traicionan ese compromiso.
La estafa electoral del saencismo se multiplica en cada acuerdo que firma, en cada voto que acompaña y en cada promesa que olvida.
