Fragmentado, sin figuras naturales y pendiente de los movimientos de Sáenz, el peronismo salteño no consigue salir de su propia parálisis. Mientras otros espacios empiezan a moverse, siguen esperando una señal para volver a empezar.
La nueva intromisión de Gustavo Sáenz en el Partido Justicialista no solamente modificó el escenario interno del histórico partido. También volvió a dejar expuesta una debilidad que atraviesa a buena parte del peronismo salteño: la dificultad para construir una estrategia propia cuando el gobernador vuelve a ocupar el centro de la escena.
Sáenz tendrá ahora a disposición una herramienta electoral central para cualquier armado de raíz peronista y, con ese movimiento, obligó a varios dirigentes a barajar y dar de nuevo. Algunos quedaron sin partido, otros deberán buscar nuevos sellos y casi todos necesitan ampliar sus alianzas si pretenden llegar competitivos al próximo turno electoral. El problema es que, mientras todos calculan las nuevas coordenadas, pocos parecen estar dispuestos a marcar el rumbo.
El resultado es un peronismo fragmentado, sin figuras naturales que logren ordenar al conjunto y demasiado pendiente de lo que pueda hacer el gobernador. La discusión sobre cómo reconstruir una alternativa propia queda, de ese modo, subordinada a una pregunta bastante más sencilla: ¿qué hará Sáenz? Todos miran hacia el mismo lado
El Partido de la Victoria es quizás el ejemplo más evidente. Se trata de una de las fuerzas de mayor peso dentro del universo peronista salteño, pero su nivel de actividad política no parece guardar relación con esa importancia. Por ahora, el espacio conducido por Sergio “El Oso” Leavy mantiene una posición expectante, como si la definición del escenario nacional fuera condición necesaria para decidir qué hacer en Salta.
Leavy llegó incluso a postular al exgobernador de Santiago del Estero, Gerardo Zamora, como candidato presidencial. Sin embargo, dirigentes de su propio espacio también se mostraron cerca de los armadores que responden a Axel Kicillof.
Las fuerzas menores tampoco parecen encontrar una fórmula capaz de romper esa inercia. Espacios como Felicidad participan del juego de posicionamientos y buscan preservar algún nivel de representación, pero todavía no consiguen convertirse en una referencia capaz de entusiasmar o movilizar al electorado peronista.
Así, el mapa se llena de pequeñas construcciones, conversaciones y especulaciones, pero escasean las certezas. Hay dirigentes que esperan definiciones nacionales, otros que aguardan movimientos provinciales y algunos que directamente esperan saber qué lugar les dejará el próximo armado.
La situación tiene una particularidad política que no deja de resultar incómoda. El peronismo que pretende reconstruirse como alternativa al poder provincial parece necesitar, antes que nada, saber cómo jugará el propio Sáenz.
Es decir: el gobernador no solamente interviene sobre el PJ. Su movimiento termina condicionando las decisiones de quienes, eventualmente, deberían construir una alternativa política frente a él.
Y ahí aparece una de las mayores dificultades del peronismo salteño. La fragmentación puede explicarse por la intervención partidaria, por las disputas nacionales o por la ausencia de acuerdos. Pero cuesta explicar por esos mismos motivos la falta de iniciativa.
Mientras el oficialismo provincial comienza a ordenar sus piezas, los libertarios aceleran sus movimientos y la izquierda atraviesa una etapa de fuerte actividad con su campaña de afiliación, el peronismo continúa discutiendo dónde pararse. No es que no existan dirigentes, nombres o estructuras. Lo que falta es algo bastante más difícil de conseguir: una dirección política que permita que esas partes dejen de funcionar como partes.
Por ahora, cada sector parece cuidar su propia parcela y esperar que otro resuelva el problema general. Y mientras tanto, Sáenz vuelve a aparecer como el hombre al que todos miran para saber qué hacer después.
