Mientras en Diputados retrocede la idea de hacer trabajar ad honorem a sus autoridades, avanza algo más profundo: quitarle autonomía y autarquía al Observatorio. La preocupación de Itatí Carrique.
La discusión por el Observatorio de Violencia contra las Mujeres en Salta sumó un giro que, lejos de cerrar el conflicto, abre una preocupación más delicada. En diálogo con FM Infinito, Itatí Carrique, periodista feminista y exsecretaria de Mujeres y Diversidades, puso el foco en la intención de varios diputados del saencismo de vaciar de autonomía a un organismo que aporta data concreta para, a partir de allí, desplegar políticas públicas para revertir la violencia que sufren las mujeres salteñas.
Carrique fue clara al marcar la contradicción de fondo. En una provincia que lleva más de una década bajo Emergencia por violencia de género, renovada sistemáticamente por la propia Legislatura, discutir el recorte de recursos o la precarización del organismo que produce información clave no parece un desliz, sino una señal. “Quitar salarios es desfinanciar. Y desfinanciar es debilitar”, resumió, en línea con el reclamo de la Red de Comunicadoras de Salta que integra.
Pero el dato más filoso aparece en la letra chica de la reforma. Aunque se haya dado marcha atrás con el trabajo ad honorem, la intención de avanzar sobre la autonomía y la autarquía del Observatorio enciende alarmas. No es un detalle administrativo: es el corazón del organismo. Sin independencia, la producción de datos, muchas veces incómodos para los tres poderes del Estado, corre el riesgo de convertirse en un insumo domesticado.
El Observatorio no ejecuta políticas, las interpela. Recopila información, la procesa y la pone sobre la mesa para que el Ejecutivo decida. O debería hacerlo. Porque sin evidencia, las políticas públicas se construyen sobre intuiciones, prejuicios o conveniencias. Y en materia de violencia de género, eso no solo es ineficiente: es peligroso.
En ese punto, Carrique también apuntó a una tensión más amplia. En un contexto nacional atravesado por recortes y desfinanciamiento de programas sensibles, las señales locales empiezan a leerse en espejo. “No es solo lo que se dice, sino lo que se financia”, deslizó, sugiriendo que muchas veces los retrocesos no llegan con anuncios grandilocuentes, sino con ajustes silenciosos.
La preocupación no se agota en el Observatorio. El posible retroceso también alcanza a otros organismos de control, como el Comité contra la Tortura, en un escenario donde las garantías parecen entrar en revisión permanente. Sin embargo, Carrique eligió la cautela: no habló de retroceso abierto, pero sí de señales que “hay que saber leer a tiempo”.
