Haya covid-19 o no lo haya, hay cosas que nunca cambian en Salta. En la Provincia si uno es familiar de tal o si tiene contactos puede hacer lo que quiera. En la semana se dieron tres ejemplos de esto.

El viernes pasado el hermano del Diputado Nacional, Miguel Nanni, llegó a Cafayate procedente de Buenos Aires junto a su esposa y su hijo y se negó a realizar la cuarentena en el hotel que se les había asignado. El hombre en el control dijo que tenía permiso para para alojarse en un hostal cafayateño que no había sido habilitado. Según se pudo conocer, gracias a sus contactos, Nanni había conseguido que la secretaria de Turismo de la Provincia, Nadia Loza, firme una autorización para el hostal Ñusta, el cual como quedó dicho no se encontraba entre los lugares destinados para los repratriados.

La repatriación del hijo del diputado provincial Héctor Chiban y tres amigos, generó un tremendo escándalo. Entre otras cosas, quedó en evidencia no solo que el legislador radical fue hasta el control a “sacar chapa” para que lo dejen circular a su hijo, sino que un amigo del joven Chiban le dijo a su papá que la llamen a Pamela Calletti para que intervenga. Y esto no es todo: según Manuel Santiago Godoy, Chibán le contó que “había conseguido, a través de Rodríguez Larreta, una autorización para que su hijo venga de Buenos Aires”. ¿Quién el alto funcionario de Larrtea al que llamó Chiban para que su hijo regresará?.

El abogado y director del EnReSP Daniel Paganetti viajó hasta Buenos Aires en plena pandemia a buscar a su perro y volvió a la provincia para hacer la cuarentena en su casa. ¿Cómo logró Paganetti ir en busca del can? Los permisos de circulación nacional los habría conseguido mediante el diputado mendocino José Luis Ramón.

Los tres hechos mencionados son ya un símbolo del tráfico de influencias, los favores y el más puro amiguismo. Un gobierno que no puede terminar con el trafico de influencias no puede tampoco proteger a la ciudadanía del coronavirus. De no cambiar esta mala costumbre, los salteños, lamentablemente, estamos condenados.

 

 

 

Mariano Arancibia

 

 

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