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domingo, junio 23, 2024

Jujuy y Urquiza: una delicada denuncia que abre sospechas sobre los negocios turbios de la Policía

El dueño de un local de comidas, cansado de soportar la persecución en los controles, días atrás prendió el ventilador y alumbró el oscuro circuito clandestino de la noche en Salta. Los aprietes policiales irregulares, que son moneda corriente, quedan en evidencia nuevamente.

Por la desesperación del denunciante el hecho podría ser tomado como pirotecnia mediatica, sin embargo, por el tenor de lo supuesto y la ubicación del propietario del restaurante ‘Capitán Beto’, cantina aledaña al club 9 de julio por lo menos merece un comentario al pasar.

En esa esquina mientras los ojos de casi todos se posaban sobre el principal espectaculo deportivo del momento, el comerciante cortó el tránsito y bloqueó la circulación de vehículos en un piquete inusual.

En primer lugar, porque no fue la voz de movimientos sociales sino por que fue sólo él, como Quijote que se impuso ante la supuesta injusticia: Norberto Rodríguez interrumpió el tráfico en hora pico. Se sentó en una silla, junto a una mesa, debajo de una sombrilla, y comió un asado; con ensalada de tomate y lechuga; bebió una gaseosa y comió gelatina y ensalada de frutas de postre.

La velocidad con la que aparecieron los policías en la zona dejó claro que nadie hace lo quiere en esa esquina. En rigor, Rodríguez, en su fase moderada denunció que desde la Policía de Salta dilatan y dificultan los trámites indispensables para la habilitación definitiva de venta de alimentos y bebidas alcoholicas.

Y ya en estado de furia y siempre según su relato, dijo que hay boliches que se protegen cobrando una caja de la fuerza de seguridad provincial.

Este hecho indignó al comerciante, quien aseguró que juntó dinero para invertir “lavando ollas”, y que en la actualidad su restaurante da “trabajo a diez familias”. En un primer momento, la policía intentó disuadirlo, o -mejor dicho- amedrentarlo, para que levantara su protesta. Pero el hombre había ido al choque con los papeles bien preparados por un equipo de abogados, por lo que fue imposible detenerlo.

No solo eso, sino que -aprovechando que la policía dio dos pasos atrás- Rodríguez avanzó y exigió la presencia del mismísimo ministro de Seguridad, por esos días Abel Cornejo, y de autoridades judiciales; un poco a los gritos y sobre todo esgrimiendo los documentos de su negocio, prolijamente ordenados. E indicó que la zona de su restaurante es un foco de fuerte tráfico de drogas. Señaló que tanto los políticos como los policías están al tanto: “Hay connivencia”, soltó.

“Yo siempre voy por derecha. Quiero dar empleo. Y tengo todos los impuestos pagos, los papeles en regla, para poder trabajar. Estoy luchando por lo mío, y por lo de otras personas. Damos trabajo a diez personas. Pero los policías cuidan la puerta de los afters y vienen a perseguirme porque he decidido hablar”, dijo.

Y concluyó: “La plata que la policía me exige va a campañas políticas, camionetas, prostitución y al jefe de turno del jefe de la policía. Yo ya sé cuál es la verdad y cuál es la mentira”.

La supuesta realidad del lugar no debería pasar desaparcebida para el reciente ministro de Seguridad.

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