La candidata a diputada por el sector “peronista” del saencismo volvió a desconcertar: eligió al libertario antes que a la presidenta del PJ.
Flavia Royón parece decidida a llevar el eclecticismo político a niveles ya insospechados. Mientras encabeza una lista del espacio que se presenta como el ala “peronista” del oficialismo salteño, no dudó en expresar su simpatía por Javier Milei, el presidente más antiperonista de la historia reciente. El desconcierto es total, pero para algunos, no tan sorprendente.
Quienes siguen de cerca su trayectoria no se asombran tanto: Royón ha construido su carrera más por acomodo que por convicción. Su paso por la Secretaría de Energía de la Nación durante el gobierno de Alberto Fernández ya había dejado más certezas que dudas sobre sus credenciales doctrinarias, pero ahora sus declaraciones dejan poco margen para la interpretación.
Y ahora lo dejó más que claro: en un ping pong de preguntas y respuestas con el medio salteño Pue, la exfuncionaria albertista, ante la pregunta de “a quién salvaría, si a Javier Milei, a Mauricio Macri o a Cristina Fernández”, la candidata saencista no dudó en elegir al actual presidente. Para muchos peronistas de base, esto no es más que una traición con forma de cálculo electoral.
En Salta, la candidatura de Royón por el espacio saencista intenta representar una versión lavada y dócil del peronismo, vaciada de contenido y lista para acomodarse a cualquier corriente nacional. El apoyo implícito a Milei no es una anécdota: es la confirmación de que el “peronismo” que encarna Royón es solo un rótulo útil, carente de identidad y proyecto.
La confusión ideológica, sin embargo, no parece molestarle. Con el pragmatismo como bandera, Royón apuesta a captar votos con una lógica puramente funcional, aunque eso implique abrazar postulados diametralmente opuestos a los del peronismo tradicional. La coherencia, al parecer, no es una prioridad.
Lo que queda en evidencia es que Flavia Royón no representa a ningún peronismo real. Lo suyo es una construcción artificial al servicio del poder de turno. En tiempos donde la política necesita definiciones claras, su figura se desdibuja entre guiños al mileísmo y un oportunismo sin pudor.
