Una verdadera ola de violencia sacude la provincia en el arranque del 2026. La sensación de inseguridad es cada vez más insoportable.
La primera semana del 2026 deja un dato tan contundente como preocupante: cinco personas murieron de manera violenta en Salta en lo que va del año. No se trata de hechos aislados ni excepcionales, sino de una seguidilla que expone con crudeza el deterioro del entramado social y la fragilidad de las políticas de prevención y control del delito.
La violencia irrumpe en distintos puntos de la provincia y bajo modalidades diversas, alimentando una sensación de inseguridad que crece y se instala en la vida diaria de todos los salteños. Barriadas enteras conviven con el miedo, mientras los episodios se acumulan y refuerzan la percepción de que nadie está a salvo.
Frente a este escenario, la reacción del Estado, sobre todo del gobierno de Gustavo Sáenz, siempre es tardía. Las respuestas oficiales suelen aparecer después de los hechos consumados, con anuncios que no logran revertir una realidad que ya se cobró muchas vidas. La prevención, el patrullaje efectivo y las políticas integrales siguen siendo promesas más que acciones sostenidas.
La falta de una estrategia clara y sostenida en materia de seguridad profundiza el problema. El principal responsable, el ministro Gaspar Solá, parece no tener reacción ante esta problemática. Porque esta ola de violencia es el resultado de años de desinversión, improvisación y ausencia de decisiones de fondo que aborden las causas estructurales del delito.
El quinto homicidio se dio ayer en Villa Juanita, en un hecho que estaría vinculado a una disputa vecinal y que estaba al tanto todo el barrio. Menos la Policía, claro. La víctima recibió una herida de arma blanca y cuando llegó al San Bernardo ingresó sin signos vitales.
Cinco muertes en los primeros días del año no son solo una estadística: son una señal de alarma. La sensación de inseguridad se vuelve insoportable para amplios sectores de la sociedad y marca la distancia entre el discurso oficial y la realidad en las calles. Mientras el gobernador veranea en la costa, en los barrios reina el miedo y la incertidumbre.
