A quienes acuden en busca de atención médica se los denomina tradicionalmente pacientes.Sin embargo, en no pocas ocasiones, esta denominación es objeto de una interpretación tan equívoca como perversa. La de suponer que, por el hecho de ser pacientes, deben ejercitar una resignada paciencia frente a demoras, desorganizaciones o prácticas que lindan con el desdén.
Tal distorsión semántica encubre una problemática mucho más profunda, vinculada al modo en que el sistema de salud administra, o dilapida, el recurso más irreparable que posee el ser humano: el tiempo.
El dinero, aun cuando su pérdida resulte gravosa, conserva la posibilidad de ser recuperado. El tiempo, en cambio, es un bien absoluto, irrecuperable por naturaleza, y su menoscabo es una forma silenciosa pero contundente de vulneración de la dignidad humana.
Esta situación adquiere una gravedad moral aún mayor cuando afecta a los adultos mayores, quienes, por la inexorable ley de la vida, disponen de un horizonte vital necesariamente más acotado que el de los jóvenes.
La experiencia cotidiana nos demuestra que esta forma de maltrato estructural no se limita a casos aislados, sino que se manifiesta de manera sistemática en distintos niveles de la atención médica, desde los profesionales de cabecera asignados por el PAMI hasta los especialistas, atravesando además las instancias administrativas que, lejos de facilitar el acceso a la salud, suelen convertirse en dispositivos que profundizan la despersonalización y el destrato.
Es imperioso, por lo tanto, promover un cambio de paradigma que restituya al tiempo su condición de valor esencial y que reconozca en su respeto una manifestación elemental de la consideración hacia la persona humana.
Solo a partir de esta comprensión será posible comenzar a edificar prácticas sanitarias verdaderamente fundadas en el respeto, la empatía y la dignidad que toda persona merece, con particular atención hacia quienes, por su edad y condición, requieren una tutela ética aún más cuidadosa.
Flavio Gerez
