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lunes, julio 22, 2024

Angélica, de la etnia ava guaraní, necesita ayuda para su comedor

Alimenta todos los días a unas 50 personas de todas las edades en el patio de su casa, a la intemperie, desde hace 17 años.

Le falta todo: vajilla, mercadería, materiales de construcción y un subsidio regular oficial.

Hoy de nuevo, aunque sea sábado, Angélica Miranda encenderá el fuego de su cocina negra de hollín para llenar las ollas de guiso. Al menos 50 personas de todas las edades tocarán las manos a su puerta, porque el hambre no entiende de fines de semana ni de días de descanso. Ella los hará pasar al comedor que armó a la intemperie, en el patio de tierra de su casa, en el barrio Azucarero de Orán, y si no llevan el plato y la cuchara esperarán de seis en seis a que se desocupe toda la vajilla con la que cuenta. Y así, ante la indiferencia de funcionarios, legisladores y empresarios, pasaron ya 17 años desde que esta heroica mujer aborigen, cacique ava guaraní, comenzó a llenar las panzas doloridas de varias generaciones. “Me han llamado de todos los canales de Buenos Aires desde la época de Alfonsín, han hecho política conmigo, los políticos me han llevado vestida con tipoy para hacer propaganda de que están con los aborígenes, pero nunca me ha ayudado un Gobierno nacional, ni provincial ni municipal; por eso ahora, que ya tengo 80 años y he visto la vida, grito verdades por la radio, estoy cansada y enojada”, expresó Angélica.

Sin embargo, el amor que yace detrás del resentimiento por una vida de exclusión y de miseria es el que mezcla la comida en las ollas negras que se llenan todos los días como un milagro. Y eso le devuelve la fe. “Los originarios estamos muy castigados, por eso hay tantos asentamientos y tanta gente que busca dónde comer. Yo no tengo ayuda oficial ni tengo plata; amistades, vecinos, comerciantes ayudan con algo en forma irregular y después las exalumnas de la Promoción 90 del Colegio del Huerto, que todos los meses colaboran con mercadería que nos trae la señora Cristina Yazlle. Eso nos ayuda mucho, les doy mil gracias a todas por su gran corazón, pero no alcanza”, detalló.

Sirve desayuno y almuerzo todos los días, les da leche cuando tiene, sino mate. Ya en el desayuno les avisa si le alcanzará para servir la merienda. “Dos y como máximo tres veces por semana puedo comprar carne: hígado, puchero, molida y menudos de pollo”. Y así, convocados por un plato de comida, el patio de Angélica es el centro que reúne a chicos y grandes de los muy precarios barrios Chatarrero, Zenta, San Expedito, Caballito, Estación y Azucarero, ante la mirada miope de quienes, teniendo el poder, practican la indiferencia como deporte.

Esta anciana, que mucho ha padecido, quiere morir feliz, dice, y la meta que se impone es ambiciosa si se mide con tanta insensibilidad. Eso no la aturde para seguir enseñando en el patio de su casa, o en la mismísima Casa de la Cultura, gratis, su lengua ava guaraní. “Presenté varios proyectos a la Municipalidad y me dicen: ya vamos a ver, ya vamos a ver… y nunca pasa nada. Mejor si desaparecemos los indios con lengua y todo, ¿no?”.

Tierna y rebelde. Angélica no practica las medias tintas con sus sentimientos. A propósito de su amor y agradecimiento por el sacerdote Diego Calvisi, nos contó la sórdida e íntima historia de su vida: “Yo usurpé tierra en Campo Chico, a la entrada de Orán, en el año 1999. Lo hice porque estaba con dolor porque cuando se jubilaban del ingenio Tabacal nuestros padres y abuelos, los patrones les daban 3 meses para buscarse otro lugar donde vivir y si no se iban, los sacaban por la fuerza. Ese dolor acarrié toda mi vida y como no sabía el castellano me metí en campo chico con todos los ava guaraní, eran 80 familias, hasta que vino la policía y nos echó con violencia, tanto que perdí un pulmón de los golpes.

El padre Diego me defendió cuando estaba moribunda en el hospital de Orán; él me ha llevado a Salta para salvarme la vida, me ha cuidado al lado de la cama y me decía: vos sos una reliquia. Aún ahora con su vejez y su estado de salud, se acuerda de mí y me manda ropita. Un ser humano grande que es como mi familia. Nunca otro cura me ayudó”.

Angélica, la heroína ava guaraní, sabe de dolores en el cuerpo y en el alma. Sabe de pobreza, de vagar sin techo, de sentir hambre. “Jamás podría cerrarle la puerta a alguien que me pide sopa o mate”, asegura y agrega: “Mi historia está pintada con sangre, tengo mucho dolor, padezco la injusticia, el engaño de los políticos en campaña, que es un círculo vicioso porque tenemos que aprovechar lo que regalan aunque sepamos que nos están usando. Trabajo no hay para tener la dignidad de decir no. La necesidad es más grande que la dignidad”.

Tal vez ahora surjan nuevas voces y codo a codo se pueda lograr el sueño que sueñan las panzas vacías que no vemos.

Para ayudar, llamar al 03878 15203786.

Todo sirve, todo ayuda 

El comedor de Angélica está en el barrio Azucarero de la ciudad de Orán, es el viejo barrio Estación. No cuenta con subsidios nacionales, provinciales ni municipales. Lo más parecido que tiene a una ayuda oficial es la pequeña colaboración de las exalumnas de la Promoción 90 del Colegio del Huerto. Ella enseña el idioma ava guaraní en el patio de su casa, donde pudo hacer un techo con chapas viejas y un contrapiso con donaciones de materiales y mano de obra. Ahí come la gente parada o sentada en el suelo porque faltan mesas, sillas, platos, cubiertos, todo. 

El pedido fundamental es por un subsidio que pueda percibir todos los meses para comprar alimentos. 

Los interesados pueden contactarla personalmente o al teléfono 03878 15203786.

 

 

Fuente: Laura Álvarez Chamale El Tribuno

 

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