La educación es uno de los dispositivos por excelencia que posee el Estado para garantizar la igualdad de oportunidades entre estudiantes en la búsqueda incesante de equidad y justicia social.
Por Roxana Celeste Dib *
La pandemia y el aislamiento propiciaron el desarrollo de la autonomía en nuestros estudiantes, pero trajeron aparejado el desapego e individualismo. Por lo tanto, uno de nuestros retos es reconstruir los vínculos que se vieron devastados, desmoronados e incluso coartados por la virtualidad durante el transcurso del 2020.
Nos llevó prácticamente un año volver a habitar nuestras instituciones y desterrar la imagen fantasmagórica que instaló la pandemia en nuestros imaginarios nos llevará aún más tiempo. Sin embargo, entendemos que es la presencialidad el camino que nos permitirá superar la angustia e incertidumbre que implica convivir, construir y reconstruir en el marco de esta nueva normalidad; que es allí, en la Escuela, donde transitamos y transitaremos los duelos de la estabilidad perdida, recuperando aquello que en el diario devenir considerábamos “normalidad”, que sentíamos, creíamos o percibíamos que teníamos, que nos pertenecía.
El derecho a aprender y los vínculos que trascienden lo escolar, se gestan fundamentalmente entre los muros de las escuelas.
La empatía, saber acerca del otro, que el otro está bien, se funda en ese encuentro tan íntimo como social que nos permiten recuperar las escuelas abiertas. Es esta empatía uno de los principales valores que resignifican la escuela como un espacio personal de encuentro y construcción de saberes con el otro.
Nuestra escuela sufrió un fuerte cimbronazo, pero también puso en valor lo que representa para todos nosotros. Actualmente, con alumnos repartidos en diferentes grupos, con docentes trabajando con dispensas desde sus hogares, todos y cada uno de los que formamos parte de la comunidad educativa estamos dispuestos a reconstruirla por su importancia histórica, cultural, social y porque en ella transita y transcurre, el ser y la vida de nuestros estudiantes. Prueba de ello fueron cada uno de los 4.525 alumnos del nivel secundario y superior que lograron egresar de nuestro sistema educativo durante el 2.020 gracias al trabajo en equipo que realizamos a diario.
Los entramados de lo escolar, repensados en este nuevo contexto, se retroalimentan con las nuevas herramientas, lo aprendido e innovado durante la virtualidad y el aislamiento. Estas estrategias a las que recurrimos hoy, nutridas y fortalecidas a partir de la praxis, gracias a las redes sociales se encuentran al alcance de todos y nos permiten aprender en comunidad, extramuros.
En este sentido, podemos comprender la escuela como un espacio físico que garantiza que todos puedan tener acceso al aprendizaje en igualdad de condiciones, donde puedan encontrarse con ese otro con quien se construye y decontruye el conocimiento. La escuela así entendida, humanamente, iguala a los estudiantes y se propone superar desigualdades estructurales que no sólo están relacionadas con el acceso a internet o dispositivos que les permita ese acceso, sino que están relacionadas también con si cuentan con un espacio para poder estudiar o si tienen a alguien que acompañe sus aprendizajes. La escuela les permite transitar el camino de su propia construcción de saberes acompañados entre si y con un docente responsable a cargo, brindándoles también la oportunidad de soñarse con un futuro superador.
Todo aquello que sucede en las instituciones, es lo que nos invita no sólo a resignificarla, sino también a valorarla, sentirnos parte y entender la necesidad de estar en ella presencialmente sumando nuestro apoyo, como docentes, como padres. En este primer mes de presencialidad, resignificamos el valor del reencuentro, de la posibilidad de buscarnos en la mirada del otro e identificarnos en ella, al mismo tiempo en que construimos y reconstruimos saberes juntos.
La vuelta a la presencialidad no puede ser una fotocopia de lo que fue la escuela años atrás, tampoco podemos aplastar con saberes a nuestros estudiantes por el sólo hecho de cumplir con una currícula taxativa, sino que se deberán promover conversaciones curriculares que posibiliten a los estudiantes desafiarnos con la creación de una pedagogía dialógica, mixturada y potenciada con las herramientas y estrategias interdisciplinarias, estrategias que reinventamos durante el período de aislamiento y que contuvo un fuerte componente colaborativo entre colegas.
Nuestra obligación como ciudadanos, es aprender a ser corresponsables, cuidarnos y cuidar al otro, respetar las normas de bioseguridad para garantizar esta presencialidad y cuidarla por lo que representa, una igualdad de oportunidades genuina para cada uno de los estudiantes que asisten a nuestras escuelas.
* Licenciada en Psicopedagogía. Sec. de Gestión Educativa de Salta.
