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Estados Unidos ¿El fin de la democracia moderna más fuerte?

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La violenta irrupción al Capitolio por partidarios afines al actual presidente norteamericano tuvo gran repercusión a nivel mundial ¿Estamos frente al colapso del modelo institucional y político de Estados Unidos? Por Clarisa Demattei(*)

El miércoles 6 de enero el mundo fue testigo de uno de los mayores conflictos políticos y sociales de la historia de Estados Unidos, cuando partidarios afines al actual presidente, Donald J. Trump, ingresaron a la fuerza en el Congreso mientras se llevaba a cabo una sesión especial para certificar el triunfo de Joe Biden en las elecciones del pasado 3 de noviembre.

Tras este suceso inédito muchos medios de comunicación alrededor del mundo se hicieron eco y comenzaron a reflexionar sobre la realidad y el estado actual de la democracia norteamericana, generalmente considerada la más sólida de la historia del mundo. Varios medios masivos, incluso, aseguraron que los hechos de ayer ponían de manifiesto el fin del modelo institucional y político estadounidense y que se estaba produciendo el primer golpe de Estado en territorio norteamericano. Ahora bien, ¿Es adecuado sostener que la democracia en Estados Unidos está en jaque? ¿Estamos asistiendo al fin del sistema republicano estadounidense? Para respondernos esto, tenemos que analizar determinadas variables institucionales, políticas y sociales.

Por supuesto que la violenta irrupción al Capitolio no fue un hecho aislado ni es un suceso para ignorar. Lo que todos vimos es la manifestación más patente de una gravísima división social e ideológica en Estados Unidos. Para ser más claros, podemos afirmar que la sociedad norteamericana está absolutamente fragmentada y en vías de una mayor polarización. La crisis institucional, política y de liderazgo existe y está a la vista de todo el mundo. Sin embargo, ¿esta “grieta” podrá avasallar a todo el sistema o por el contrario, las instituciones podrán amortiguar el golpe? Yo sostengo la segunda opción por varios motivos.

El modelo político norteamericano fue pensado por sus padres fundadores a fines del siglo XVIII, en pleno debate sobre la separación de poderes, los frenos y contrapesos y las posibles amenazas que conlleva la concentración de poder en manos de un solo individuo o incluso del Poder Ejecutivo. De esta manera, el propio sistema contempla varios mecanismos para evitar el colapso de la república y la democracia. Entre ellos, el colegio electoral y el sistema de voto mayoritario de una sola vuelta aseguran de manera prácticamente certera la subsistencia de un bipartidismo. Muchos politólogos e intelectuales, entre ellos Maurice Duverger y Giovanni Sartori, sostienen que el bipartidismo es el mejor sistema de partidos porque garantiza una cierta moderación ideológica con tendencia al centro, atenuando las divisiones y aumentando la responsabilidad política, en la medida que la alternancia de partidos es muy alta. Fue ese bipartidismo el que muchas veces pudo canalizar las distintas voces pero además, las obligó a moderarse, ya que la oferta electoral se encuentra en el centro ideológico y no en los extremos. Así, los defensores del bipartidismo sostienen que crea consenso y minimiza el conflicto.

Adicionalmente, la Constitución prevé varias acciones que el propio Poder Legislativo puede tomar en caso de que exista una insurrección política. Entre ellas, la tan mencionada enmienda 25 permite destituir al Presidente en caso de que no esté en condiciones de poder llevar adelante el país, y transferir el poder al vicepresidente. Otra opción es el juicio político, que debe ser iniciado por la Cámara de Diputados y posteriormente el Senado deberá juzgar con ⅔ partes de sus miembros.

Pero además de lo que está establecido normativamente, otro factor de peso para mantener el buen estado de la democracia, es lo cultural. Estados Unidos se ha constituido como una potencia en el mundo acompañado del soft power ideológico que pregona la defensa de la libertad y la democracia como un modo de vida. Por lo tanto, el Estado como institución superestructural está cimentada sobre una economía con libertad de mercado y con una defensa a las libertades individuales. Este discurso caló profundo en toda la sociedad, difundido por todas las instituciones (públicas y privadas) y los medios de comunicación. Cada norteamericano sostiene, cree y defiende estos valores como evidentes. Por lo tanto, si el país pierde este discurso, pierde absolutamente toda su identidad.

Esta noción tan impregnada en la sociedad norteamericana incluso se puede observar en las dinámicas políticas actuales, cuando varios funcionarios del Partido Republicano cuestionaron el accionar del presidente Trump desde su derrota electoral y de a poco se fueron alejando de él. Para muchos puede ser una jugada política para evitar arruinar la reputación de cada uno, pero tampoco hay que ignorar el fuerte sentimiento de institucionalidad que guía la cultura política norteamericana. Si esta última no existiera, sería fácil cambiar de opinión y hasta de partido. Sin embargo, gracias a los altos niveles de institucionalización política, las conductas ventajistas son altamente penalizadas.

Entonces, ¿podemos sostener que Estados Unidos es un país que fue pensado para moderar los extremos, preservar el orden y destacar el consenso democrático? Sí. Uno de los principales sociólogos norteamericanos, Talcott Parsons diseñó una teoría de manera tal que el modelo americano se pudiera exportar al mundo. ¿Y cómo es este modelo? Una sociedad absolutamente ordenada, donde las instituciones determinan los roles que cada individuo debe cumplir para lograr mantener la armonía y la paz social y su vez, cada uno cumple con la función que le fue dada. A grandes rasgos, si cada individuo cumple con su deber, la sociedad podrá funcionar correctamente. Este es el modelo con el que fue pensado Estados Unidos: una sociedad ordenada en donde cada parte cumple su rol y la política no escapa a este diseño.

Por lo tanto, podemos afirmar que existen muchísimos mecanismos políticos, culturales e institucionales que aseguran la preservación del sistema. Si bien las heridas del asalto al Capitolio seguirán abiertas durante mucho tiempo como un antecedente insólito en la historia política, Estados Unidos como lo conocemos no ha muerto y lo demuestran los hechos. Pocas horas después de una serie de disturbios que podría haber generado una hecatombe política como sí sucedió en otros países, el proceso de certificación de Joe Biden continuó y se espera que el próximo 20 de enero asuma el poder. Si bien Trump prometió una “transición ordenada”, está claro que será una de las más polarizadas de la historia. Sin embargo, el modelo sigue vigente y Estados Unidos seguirá manteniendo la identidad que conocemos.

(*)Licenciada en Ciencias Políticas – Magíster en Comunicación Política

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