Mashur Lapad cumple 24 años como senador por Rivadavia. Varias camadas de nuevos votantes no habían nacido cuando él llegó a la Cámara alta.

Su carrera fue significativa, para él al menos, porque desde hace dos décadas es vicepresidente primero del Senado y, en consecuencia, la tercera autoridad en la línea sucesoria.

Incluso, en las elecciones del 10 de noviembre logró sortear la debacle de numerosas dinastías del interior provincial que ya no pudieron resistir la oleada renovadora con epicentro en la capital provincial. Ocurrió en Tartagal, en Embarcación, en Orán en Metán, en varios departamentos de Anta, en el valle de Lerma. Pero el senador se aseguró cuatro años más en la banca. Su mandato parece ir en paralelo con su vecino gobernador de Formosa, Gildo Insfran.

Pero en Rivadavia sobrevivieron además de Mashur Lapad, sus socios políticos Atta Gerala, intendente de Rivadavia Banda Norte, ajustadamente, y Leopoldo “Polo” Cuenca, en la Banda Sur. En ese departamento, además, el dirigente wichi Rojelio Nerón derrotó al histórico Moisés Balderrama en Santa Victoria Este.

La historia de Lapad (y también la de Gerala y Cuenca) es la síntesis de una tradición política muy afianzada en América latina: en las antípodas ideológicas y con medio siglo de distancia, Carlos Menem y Evo Morales invocaron los derechos humanos para intentar forzar la Constitución para obtener un nuevo mandato presidencial. No lo lograron.
Esa vocación de eternidad no es compartida por la ciudadanía. Además, el voto no es la única credencial de la democracia, porque este régimen requiere la alternancia, y también la deliberación y el control ciudadano. La alternancia debería estar claramente regulada en la Constitución, simplemente, porque desde el poder, el candidato oficialista cuesta con ventaja; incluida, la facilidad para la compra o la inducción del voto. Esa es la realidad.

Pero la eternización de las dinastías tiene otro problema, que obstruye la transparencia democrática. El liderazgo del gobernante, cuando se prolonga indefinidamente, termina atrofiando el desarrollo; por más legítimos que sean los votos, las reelecciones eternas se contradicen con el sistema.
Las pruebas, al canto.

Departamento marginado

Rivadavia, en estos 24 años, no ha logrado salir de la marginalidad. Una tierra de 25 mil kilómetros cuadrados, habitada por menos de treinta mil personas, con abundantes lluvias y ubicada en el área de influencia de dos de los mayores ríos de la Argentina, es el distrito más pobre del país. Y esto, a despecho de una riqueza biológica exuberante, apta para la ganadería, la agricultura, la industria maderera, el turismo de aventura y el desarrollo de espacios verdes preservados.

Un informe de la Defensoría del Pueblo de la Nación destacó hace unos meses “la crítica situación socio sanitaria” del departamento Rivadavia, agravada por caminos intransitables y carencias de infraestructura, que dejan al territorio al margen de la economía formal. El organismo puso de relieve la falta de médicos especializados, especialmente obstetras, y el mal estado de mantenimiento de las ambulancias.

La Organización Mundial de la Salud considera que cada 10.000 habitantes se deben tener al menos 23 médicos. No es el caso de Rivadavia. En este distrito, se estima, el 84% de los pobladores tienen Necesidades Básicas Insatisfechas. Es la pobreza que se le escapa al INDEC. La población, constituida por comunidades aborígenes y criollas, cría, en forma arcaica, unas 150 mil cabezas de ganado, aunque se trata de una región que, con un ordenamiento territorial efectuados por personas idóneas y que permita el desarrollo de pasturas en producciones de mayor escala, podría llegar a las 850.000 reses.

En cambio, prevalece la economía de subsistencia.

Un sistema agotado 

No es culpa de Mashur Lapad, Cuenca ni Gerala, pero es la realidad de un sistema político agotado.

Ese sistema se denomina “clientelismo” y se basa en un sistema “rentístico”, totalmente dependiente de la coparticipación y que desalienta la generación en trabajo genuino y, a la vez, multiplica el voto cautivo.

Ocurre en Salta, y en todo el conurbano bonaerense. Los mandatos interminables culminan siempre convenciendo a todos, los legisladores y funcionarios, pero también a los habitantes, que el poder local es propiedad privada de un caudillo.

La llegada de Gustavo Sáenz a la gobernación y de Antonio Marocco a la vicegobernación trajo novedades al Senado. El nuevo gobernador no quiere “herencias” y Marocco no tiene vocación para limitarse a “tocar la campanilla”. Pero en la Cámara Alta, al parecer, existía la idea de que este era otro “feudo” de Lapad. La descortesía conque se negaron a brindar información no solo genera sospechas, sino que demuestra que no se entendió el mensaje de las urnas.

Es previsible que el tercero (y el cuarto) en la línea sucesoria, a partir de diciembre ya no sean Lapad y Manuel Godoy. No podrían serlo. La gente votó otra cosa.
Esta situación, anómala, muestra una vez más la urgencia de una reforma política que limite constitucionalmente todos los mandatos en todas las categorías. Cuatro años, con posibilidad de una reelección, y a casa.

Por Francisco Sotelo.

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