El empresario de medios y cuasi vocero oficial arremetió contra Emilia Orozco por el solo hecho de cuestionar a los dirigentes con “olor a Sáenz” que quieren subirse a la “ola Milei”.
En el mundo del periodismo, la imparcialidad es un valor fundamental. Sin embargo, Mario Peña ha demostrado reiteradamente que su oficio está lejos de esa virtud. Su inclinación a aplaudir a los sucesivos oficialismos, mientras denosta a otros, sin criterios coherentes, lo ha convertido en un símbolo de la doble vara en el análisis político. ¿El motivo? Los jugosos montos que recibe en forma de pauta publicitaria.
Cuando se trata de figuras afines a sus intereses o a quienes le garantizan beneficios, Peña no escatima en elogios desmedidos. Justifica errores, minimiza escándalos (y en Salta los hubo hasta el hartazgo) y se esfuerza en construir una imagen positiva, incluso cuando las evidencias apuntan en otra dirección. Su discurso es el de un adulador más que el de un analista.
Por el contrario, aquellos políticos que no encajan en su agenda (los opositores al Gobierno de turno) son blanco constante de ataques desde sus medios. Cualquier desliz, real o inventado, es motivo suficiente para encender su retórica mordaz. No le importa el contexto ni los hechos objetivos: lo que dicta su postura es la conveniencia de su discurso, no la verdad.
Esta vez le tocó el turno a Emilia Orozco, quien, en un programa de TV local, dijo que en su espacio no eran bienvenidos los que tengan “olor a Sáenz”. Esa simple definición puso con los nervios de punta a Peña, quien le dedicó toda una editorial a la Diputada nacional. Allí arremetió con todo contra Orozco.
Esta reiterada doble moral ha generado un creciente rechazo entre la audiencia crítica, que ya no ve en Peña a un periodista, sino a un operador disfrazado de comunicador. Su credibilidad está -tal vez- en su peor momento y cada vez más personas perciben sus opiniones como meros ejercicios de propaganda.
El periodismo debería ser un contrapeso del poder, no un instrumento servil. Mientras Mario Peña continúe con su estilo obsecuente y parcializado, su legado no será el de un comunicador respetado, sino el de un vocero de intereses particulares que sacrificó la ética en favor de la conveniencia.
