Lo echaron del Mercado San Miguel, pero Pepe ahora abrió su negocio. Él y su familia mantienen vínculos millonarios con el Estado. La aparición de Sócrates Paputsakis en primera fila deja un presentimiento.
Hay personajes que parecen tener una capacidad extraordinaria para sobrevivir a cualquier tormenta. José “Pepe” Muratore es uno de ellos. Eso sí, siempre rodeado de amigos con poder de decisión. Lo sacaron del Mercado San Miguel después de una gestión atravesada por cuestionamientos e irregularidades, pero lejos de desaparecer de escena, acaba de inaugurar un nuevo mercado privado en Villa Mitre. Y lo hizo rodeado de amigos.
Uno de ellos fue, justamente, Sócrates Paputsakis. El titular del Tribunal de Cuentas de la Municipalidad apareció en primera fila durante la inauguración de Colibrí, el nuevo emprendimiento. Abrazos, besos, sonrisas. Una escena de amistad vieja y consolidada. El problema es que Paputsakis no es solamente un amigo de Pepe. Es también el funcionario que debía ejercer tareas de control sobre la administración municipal y, por lo tanto, sobre el funcionamiento del Mercado San Miguel cuando Muratore estaba al frente.
Ahí aparece la pregunta que nadie parece querer formular en voz alta: ¿quién protege a Muratore? Porque lo verdaderamente llamativo no es que “Pepe” haya abierto otro mercado. Lo llamativo es que siga teniendo capacidad para hacerlo después de todo lo ocurrido en el San Miguel. Y que, mientras él vuelve a los negocios (en realidad nunca se fue), su familia conserve vínculos contractuales con el Estado.
La salida del Mercado San Miguel no significó el final de los Muratore. La familia continuó vinculada a la seguridad del predio a través de la Fundación Innovación, conducida por su hijo Ángel “Lelo” Muratore, en un contrato que involucraba millones de pesos mensuales. Y aunque el mercado está cerrado por las obras de reparación y sus actividades fueron trasladadas a otras locaciones, el vínculo económico con el Estado siguió.
Es decir, Pepe perdió el mercado. Los Muratore, aparentemente, no perdieron el negocio. Y en ese contexto aparece Paputsakis.
Si se tratara simplemente de una vieja amistad, no habría demasiado para discutir. Pero cuando uno de los protagonistas tenía responsabilidades de control sobre el otro, la foto adquiere otra dimensión. Deja una sospecha razonable y una pregunta política que nadie responde: ¿Qué tan lejos llega la relación entre Muratore y quienes tienen que controlarlo?
Hay algo que resulta difícil de explicar: cómo un dirigente que quedó en el centro de tantos cuestionamientos consigue seguir orbitando alrededor del poder, mantener negocios con el Estado y, además, inaugurar un nuevo emprendimiento mientras funcionarios de primera línea aparecen celebrándolo en primera fila.

Pero si Muratore sigue vigente, si los negocios de su familia con el Estado continúan y si quienes alguna vez tuvieron que controlarlo hoy aparecen abrazados con él, la pregunta ya no parece tan descabellada. Tal vez la verdadera historia no sea el nuevo mercado de Muratore. Tal vez sea quién sigue abriéndole las puertas.
¿Qué sabe Muratore para seguir tan vigente? ¿Fue, o sigue siendo, el San Miguel una caja negra capaz de comprometer a más de uno? ¿Hay funcionarios que quedaron demasiado atados a sus favores como para animarse a cortar el vínculo? Lo concreto es que, a juzgar por los hechos, Muratore parece tener a varios agarrados de algún lado y a todos, por igual.
Y en esa curiosa zona de coincidencias aparece Sócrates Paputsakis, auditor municipal y hombre de extrema confianza del gobernador Gustavo Sáenz. Quizás sea apenas una casualidad. O quizás sea una pista.
