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lunes, septiembre 7, 2026

Sáenz y el arte de vulgarizar todo

El gobernador hizo un papelón ayer en Plaza de Mayo, en el acting de acampe para reclamar obras a Milei. Hoy fue el turno de los diputados provinciales. Volvieron a manchar el poncho.  

Si hay algo que no se le puede negar a Gustavo Sáenz es su talento para sobreactuar. No para gobernar, por supuesto, sino para montar sainetes de baja estofa que confunden la épica con la obsecuencia disfrazada. El gobernador de Salta, el hombre que ha hecho de la frivolidad una política de Estado, acaba de darnos una nueva lección de cinismo criollo: el «Acampe Güemesiano» que duró menos que un suspiro en la Casa Rosada.

El acting era impecable, hay que admitirlo. Ahí lo teníamos: el poncho de Güemes —¡pobre prócer, convertido en un simple accesorio de marketing político!— colgado con pose de mártir, el mate en la mano para escenificar la pureza de la protesta federal, la cara de compungido que se ensaya frente al espejo y la guitarra para musicalizar el berrinche. La imagen perfecta para la televisión porteña: el gaucho olvidado que viene a reclamar a la metrópoli infame. ¡Una gesta! Lástima que fue una gesta con fecha de vencimiento.

Porque la “revolución” de Sáenz no llegó ni a la hora. Apenas salieron a la puerta los jefes de pista del Gobierno central, Guillermo Francos y el mismísimo Santiago Caputo (el gurú sin cargo que manda más que un ministro), la épica se pinchó como globo de cumpleaños.

De la altivez del guerrero a la cabeza gacha y la sonrisa cómplice de quien acaba de ser reprendido por el patrón. El supuesto «reclamo federal» se disolvió en una reunión de amigos con la billetera nacional. El hombre que venía a acampar salió abrazado a quienes denunciaba. ¿Y el final de la gesta? De vuelta a Salta, pero no a caballo o en colectivo de línea para seguir con la austeridad de la protesta. No. El héroe de la jornada se subió al comodísimo avión sanitario de la provincia. De gaucho federal a turista VIP en dos horas. Un chiste caro que pagamos todos los salteños.

Y si el jefe dio la nota patética, su tropa legislativa no se quedó atrás.

En un acto de servilismo que roza lo pornográfico, los diputados oficialistas de Salta decidieron replicar el look de su caudillo. La sesión de la Legislatura se transformó en un concurso de obsecuencia. Ponchos en el hombro, ponchos sobre el pupitre. Todos, cual manada asustada, se pusieron el uniforme de la sumisión para que quedara claro: estamos con el Gobernador, no vaya a ser cosa que el CBU se equivoque de destinatario.

Dejaron de ser legisladores para convertirse en una orquesta de chupamedias buscando el ángulo perfecto para la selfie que demuestre su lealtad al Gran Bourg. No hay proyecto de ley serio, no hay debate profundo, solo la escenografía de la lealtad. Usan el sagrado símbolo de Güemes como una pechera de “Yo, sí te banco”.

En definitiva, Sáenz no solo frivoliza la política y las instituciones; ahora también degrada nuestra historia. Convierte la épica güemesiana en un circo mediático y a sus legisladores en una galería de muñecos de tela con poncho. El poncho ya no es un emblema de la defensa de la patria, sino el certificado de dependencia que te asegura el sueldo.

Y uno se pregunta, viendo este esperpento, ¿qué pensaría el General Martín Miguel de Güemes? Ese hombre, el verdadero, el que no andaba con mates para la foto ni aviones sanitarios para volver. El que se jugó la vida, el que armó una revolución de gauchos descalzos para defender la frontera con la tierra arrasada como única estrategia.

Probablemente, el General no diría nada. Simplemente escupiría al ver su paño sagrado, el que olía a pólvora y a sudor de guerra, convertido en el accesorio de un burócrata timorato. Vería a sus Infernales reemplazados por una patota de legisladores temerosos de perder el sueldo y se daría cuenta de que, peor que las invasiones realistas que él contuvo, es la invasión de la mediocridad que hoy gobierna. La entrega ya no es al rey de España, sino al cajero automático de turno. Y el dolor de la herida mortal sería menos amargo que la vergüenza de ver su símbolo, su bandera, su lucha, usada para pedir limosna de rodillas. Un papelón, un verdadero insulto a la memoria.

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