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jueves, febrero 12, 2026

Salta, tierra liberada: la inseguridad avanza y el Gobierno mira para otro lado

Tiros, bandas, asaltos comando y robos cotidianos que ya no sorprenden a nadie. La inseguridad no da tregua y el Estado parece haber abandonado la calle.

La inseguridad en Salta ya dejó de ser una sensación para convertirse en una certeza diaria. Vivir en la provincia se vuelve, para muchos, una experiencia casi insoportable: miedo al salir, miedo al volver y miedo incluso dentro de la propia casa. Mientras tanto, el Gobierno de Gustavo Sáenz hace agua en una de sus funciones básicas: garantizar la seguridad de sus ciudadanos.

El episodio ocurrido en el barrio Santa Victoria, en la capital salteña, es una postal brutal de esta decadencia. Dos bandas se enfrentaron a tiros no una, sino dos veces en menos de 24 horas. Los vecinos sabían que el choque iba a ocurrir. Lo comentaban, lo advertían, lo esperaban. Nadie hizo nada. El resultado fue el previsible: balas volando por el barrio y una vecina herida. La pregunta es tan simple como incómoda: ¿para qué está el Estado si no puede prevenir lo que todo un barrio ya sabía que iba a pasar?

Como si la capital no fuera suficiente, la violencia también golpeó con fuerza en el interior. En Rosario de la Frontera, un grupo de delincuentes fuertemente armados actuó con una modalidad propia de un “grupo comando”. Irrumpieron en una vivienda, redujeron a sus ocupantes y desplegaron un nivel de violencia inédito para la ciudad en los últimos años.

No fue un arrebato ni un robo al voleo: fue una acción planificada, precisa y brutal. Un mensaje claro de que el delito se organiza, mientras el Estado improvisa.

A este escenario se suma otro fenómeno que crece sin freno: el robo de motos en distintos puntos de la provincia. Ya no se trata de hechos aislados. Las motos desaparecen de la vía pública, de patios, de cocheras, a plena luz del día o en la madrugada, con total impunidad.

Son vehículos que para muchos trabajadores representan su única herramienta para ganarse la vida. La respuesta oficial, cuando existe, llega tarde y mal. Denuncias que no avanzan, patrullajes que no aparecen y una sensación generalizada de abandono.

La inseguridad avanza a pasos agigantados, pero el Gobierno de Sáenz parece caminar en cámara lenta. El ministro de Seguridad, Gaspar Solá, está completamente pintado. No hay plan visible, no hay resultados y, lo que es peor, no hay autocrítica.

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