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domingo, agosto 16, 2026

«Me aconsejaron que me aparte de la familia» | El crudo relato de una víctima de trata en el templo de San La Muerte

El testimonio de la víctima se dio en el ámbito del juicio que se lleva adelante contra Juan Jorge Soria Villalba y su pareja María Ester Arroyo. Ambos juzgados por el delito de trata de personas con fines de explotación sexual, agravado por el uso de intimidación y por la calidad de ministros religiosos de las personas imputadas, y concursa de forma real con lesiones leves.

En la segunda audiencia llevada a cabo por el Tribunal Oral Federal N°2, constituido por los jueces Domingo Batule, Gabriela Catalano y Abel Fleming, se pudo conocer el crudo relato de una de las víctimas de trata que rescataron de una «iglesia» que estaba ubicada en villa San Antonio de la capital salteña, ahí, además de rendirle culto a San La Muerte, también se llevaban adelante ritos Umbanda, a la par que se regenteaba una suerte de prostíbulo.

En este caso, trascendió el testimonio de esta víctima que fue publicado por diario El Tribuno en base al video que se presentó en la audiencia del día 29 de diciembre pasado, antes de que se ingresara en la feria judicial. Ahí relató que en un inicio, Soria Villalba y Arroyo, parecían «buenas personas», y le brindaron el apoyo anímico que ella buscaba cuando arribó al templo. Luego todo cambió.

«Me aconsejaron que me aparte de la familia, ya que no era buena; y que debía cerrar su negocio porque no era viable, que las personas que me habían hecho daño estaban alrededor mío. Ellos eran videntes y supuestamente veían todo el daño que sufría», relató.

Luego comentó que la sometieron a castigos físicos, humillaciones y actos denigrantes que jamás pensó que existían, pero que no se percató de ello hasta que logró huir. «Con otros hermanos que salimos de ahí, nos pusimos a hablar de lo que sucedía y eso no era religión. Con una vara te decían que estaba mal estar con tu familia, pero con la otra, con la teoría, enseñaban que la familia era lo primero que debíamos tener», afirmó.

Y en otro fragmento detalló: «Seguía yendo al santuario, donde me enteré de que también se practicaba el culto de Umbanda, lo que a mi me interesaba, así que pegunté si podía ingresar y me dijeron que sí, pero debía pagar una sesión. En ese momento pague unos cinco mil pesos». Luego fue bautizada en el culto y ahí «empezaron más obligaciones, aportar más trabajo y vivir en el santuario con más responsabilidades. La plata que recibía -producto de su trabajo- se debía aportar al santuario, unos 800 pesos de cuota mensual y si había una fecha de alguna entidad (similar a un santo) se debía aportar para las ofrendas».

«Tenía que buscar hacer cosas para generar más plata, cuando ingresé era un lugar chico, era la parte de adelante del inmueble y ellos (por los acusados) decían que querían agrandar el santuario», aclaró y amplió «Querían reformarlo para que albergue más devoto, así que comenzamos a hacer de todo, rifa, venta de empanadas, todo para que se junte esa planta, además de pagar la cuota y lo de las ofrendas».

En otro momento explicó que «hoy en día, serían unos 20 mil pesos por mes. También estaba la fiesta de San la Muerte, para la cual se debía aportar y así cumplir con lo que el pae y la mae (Soria Villalba y Arroyo) querían para esa festividad, por ejemplo, un conjunto de música, DJ y otras muchas cosas. Era una fiesta que se hacía a orillas del río».

Pero más allá del sacrificio económico, también le pedían uno corporal: «Tenías castigos. En mi caso, en una sesión de kimbanda, me quemaron con la cera de la vela en mi cuerpo, me echaron tierra y agua del cementerio y me pedían que me auto flagele», describió, y luego recordó: «En otra ocasión, me dieron siete latigazos y me quemaron los pies con brasas de carbón, lo que me causó una ampolla enorme que hasta el día de hoy tengo secuelas, fueron una infinidad de cosas que pase».

«Sino hacías el pago semanal, era un castigo. También me castigaron por ponerme en contacto con mi familia, cuando mi padre cayó enfermo. No eras dueña de pensar ni de actuar. Cuando les dije que quería ver a mi familia, me dijeron: para qué vas a ir, si tu familia no te quiere; te van a echar la culpa de todo, pero mi padre estaba mal y si lo veía, era un castigo, ya sea dinero o físico».

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