Desde que asumió, hace ya 10 meses, la legisladora saencista no habló en el Recinto de sesiones y apenas si se le conoce la voz en comisiones. ¿Impericia o ineptitud?
Como si en la Cámara de Diputados no pasara nada, la salteña Yolanda Vega, que responde únicamente a los intereses del gobernador Gustavo Sáenz, no emitió ninguna palabra frente a los micrófonos del Recinto de Sesiones. Lleva 10 meses como diputada y todavía no se le conoce la voz. No hay precedentes de un caso similar.
Entre medio de las calientes discusiones que se vienen dando, la exintendenta de Cerrillos llamó la atención de varios. Pero no por sus aportes al debate, sino, todo lo contrario: por el llamativo silencio en el que se encuentra.
Hasta ahora, Yolanda Vega no sentó ninguna posición, no se manifestó por ninguna idea y no mostró desacuerdo por nada. Es decir, desde que asumió su banca, Vega se ha destacado no por lo que dice, sino por lo que no dice.
Lo de esta salteña es una hazaña poco común en la arena política, donde la palabra es la principal herramienta. La diputada ha logrado lo que pocos: no hablar. Cero intervenciones, ni una sola declaración formal en el Recinto. Quizá su estrategia sea dejar que los demás hablen y se desgasten mientras ella practica la paciencia zen. O tal vez, no está capacitada para desenvolverse como legisladora. No todos lo están, ni tienen por qué estarlo.
Pero, si no se siente capacitada, está la opción de renunciar a la banca. Los diputados cobran una dieta que supera los $4 millones de bolsillo. Parece demasiado premio por no decir nada en el Congreso.
Curiosamente, poco se menciona su nombre, pero su sueldo sigue depositándose puntualmente cada mes. Quizás, algún día, cuando decida hablar, nos revele el secreto de tan prolongada introspección. Por ahora, seguimos esperando con ansias esa palabra que podría cambiarlo todo… o tal vez no.
