Mientras que los periodistas redactan la información estrepitosa de los audios que involucra a la agencia de la discapacidad y usan los verbos en potencial, en las encuestas de los consultores el «sería Karina» y el «habría coimass» es todo al revés.
Por Rodolfo Ceballos (*)
Para los votantes no hay redacción en potencial. Directamente juzgan los acontecimientos con la única psicología que tienen: su sistema emocional de castigo para los culpables.
La mayoría de los encuestados muestran indignación, desconfianza y enojo masivo. Desde sus memorias históricas asocian las palabras “coimas” y “corrupción” con otras situaciones que ya vivieron: el «libragate» y el “fentanilogate”.
En la psicología política hay una explicación técnica sobre cómo son los juicios de los electores: lo «heurístico», que es una regla simple, aprendida o intuitiva, que simplifica un juicio complejo. Los ciudadanos lo usan cuando sin tanto análisis hablan del dolo de los funcionarios abrochados en la denuncia penal.
Expresan asco moral, fatiga cognitiva y emocional que rompen la cabeza de las encuestadoras cuando se preguntan cuánto de esta cadena de problemas morales, que atraviesa el gobierno, va influir para un voto castigo en octubre.
El «Karinagate», por ser lo contrario de lo esperado de un libertario, produjo en las encuestas rápidamente la caída de la imagen presidencial que no se midió, con esa velocidad, en los casos del fentanilo y el de libra.
Los nuevos infortunios políticos de los argentinos tienen la percepción de que la economía personal futura va a empeorar. Hay aversión a la pérdida de la posición salarial y laboral, vivida como un riesgo que puede ocurrir si el modelo económico no termina de cerrar.
La ecuación Pérdida económica + Corrupción genera un terreno fértil para oposiciones que ofrezcan orden y previsibilidad.
La psicología política descubre en los sondeos un rechazo coyuntural a los hechos repudiables con los discapacitados y dan cuenta del síntoma de la ruptura del contrato emocional entre líder y base. Eso es más difícil de recomponer que la imagen numérica.
La pregunta que se escucha en la calle es “¿Entonces qué votamos en octubre?” Algunos, contestan desde sus emociones básicas (con los juicios llamados “heurísticos morales”) con asco, culpa e indignación.
El estado de ánimo de los votantes sirve para entender por qué ciertos escándalos (corrupción, violencia, traición) generan reacciones inmediatas y masivas (cantar “Alta coimera” o replicar hasta el cansancio las opiniones de expertos y especialistas).
Estos hechos disparan un enorme interés periodístico porque alimentan la mente colectiva de infodemia. La investigación del famoso 3% que se lleva Karina satura la conversación pública. Y algunos hablan de resistir a la coyuntura con la abstención del voto, otros insisten que la democracia se legitima con las mayorías eligiendo en las urnas pero «Esta vez, bien».
Octubre es incierto, nadie sabe cómo se dará la cantidad de votos en la polarización kirchnerismo versus libertarios. Algunos de los que prefieran el presentismo y saben perfectamente a quién votar, pondrán en sus boletas el manojo de las pasiones del contra o del partidario de un ajuste que tanto le seduce. De un lado estará el contra, inquieto para rechazar lo que él llama la «crueldad» y, del otro, el deseo de la libertad del mercado como el gran sueño argentino. A nivel de subjetividad, son dos modos de funcionamiento psíquico que se unen por el ideal del voto “decidido” para candidatos concretos. Las dos posturas buscan que les administren la crisis argentina, herencia de muchos gobiernos.
A los que no les importa la elección de octubre y se quedan muy panchos en la abstención, ¿qué tienen en su mente? Seguramente, no poseen apego a ningún político. Ya fueron engañados con las soluciones incumplidas. Para quedarse ese domingo en casa hicieron un cálculo racional: tiraron por la borda el concepto de que la política es la única herramienta que cambia la realidad rota del país. Y así, como ciudadanos del contumaz ausentismo quieren dar a conocer su desmotivación y desconexión emocional del proceso electoral.
¿Por qué viven la elección con tan poca cultura electoral a pesar de que el voto es obligatorio? Hay algunas razones que los psicólogos de la política explican. Sienten que su voto no influye en nada, lo que se llama la baja autoeficacia política; generalizan que todos los partidos y candidatos son iguales, es decir la desafección a la política ciudadana o la desconfianza a otra nueva demagogia y, finalmente, la razón del costo-beneficio subjetivo. Perciben que votar implica un esfuerzo que no compensa el posible resultado.
¿Es cierto que el poder más grande de un ciudadano es su voto, y que no debe depositarlo en la “urna” equivocada de la desilusión?
(*) Periodista especializado en temas de psicología y salud mental
