Darío Madile salió a hablar del “papelón” de La Libertad Avanza en el inicio de la Convención Constituyente. Pidió reglamento, pidió trabajo, pidió institucionalidad. Todo muy preocupado.
El problema es quién lo dice. Madile hace años ocupa una banca en el Concejo y su paso por el recinto es más bien silencioso: pocos proyectos, menos debates y una especial habilidad para levantar la mano cuando bajada de la línea ya está.
Ahora aparece compungido por el funcionamiento institucional. Curioso. Durante años el concejal fue más bien un cero a la izquierda dentro del cuerpo, un dirigente que no incomoda, no discute y no propone demasiado. Solo cumple.
Pero lo más llamativo no es su repentina vocación reglamentaria. En la ciudad todos comentan otra cosa: la enorme mansión que construyó y que difícilmente se explique con el sueldo de concejal.
Ahí sí aparecen preguntas que nadie responde. Porque mientras «peluquin» da lecciones de institucionalidad y habla de “papelones”, en la política salteña muchos se preguntan algo bastante más simple: cómo hizo para llegar desde Buenos Aires, hacer tan poco en el Concejo y aun así levantar una casa que no cierra con lo que gana
En el recinto, sin embargo, todo sigue igual. Habla cuando conviene, repite el libreto del poder y después vuelve a su rol habitual.
El de concejal obediente. Con discurso nuevo… pero con las mismas mañas de siempre.
Por Susana Del Frari
