En los barrios populares a minutos del centro salteño, un relevamiento revela que miles de familias saltean comidas y abandonan alimentos básicos como leche, frutas y verduras.
La crisis alimentaria ya no es una postal lejana ni una estadística del norte profundo. Está en la ciudad de Salta. En los barrios populares, a pocos minutos de las zonas más transitadas, uno de cada cuatro hogares saltea comidas todos los días. El dato surge del último índice barrial del Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCI), que vuelve a poner números concretos a una realidad que crece en silencio.
El informe expone un deterioro sostenido en la calidad y cantidad de alimentos que consumen las familias. Uno de los datos más contundentes es que los hogares ya resignaron los lácteos: la leche dejó de ser parte de la dieta cotidiana, incluso en las infancias. No es una excepción, es una tendencia consolidada.
A esto se suma la caída en el consumo de frutas y verduras, reemplazadas por alimentos más baratos, de menor valor nutricional y mayor capacidad de saciar en el corto plazo. El relevamiento de ISEPCI es alarmante: el 25,4% de las familias elimina alguna comida principal todos los días, mientras que otro 29,8% lo hace varios días a la semana.
El informe además refleja una fuerte caída en el consumo de alimentos básicos: el 60,9% dejó de comprar carne o pollo, el 50,8% resignó los lácteos y el 42,2% dejó de comprar frutas y verduras frescas. La lógica de la supervivencia se impone sobre cualquier recomendación nutricional: llenar el plato, aunque no alimente.
Las consecuencias de este escenario son profundas, aunque no siempre visibles de inmediato. La falta de nutrientes esenciales impacta directamente en el crecimiento, en el desarrollo cognitivo y en la salud general de niños y niñas. No es solo hambre: es una hipoteca silenciosa sobre el futuro.
El informe del ISEPCI muestra una degradación acelerada de las condiciones de vida. Una radiografía cruda de una ciudad donde cada vez más familias quedan afuera de algo tan básico como comer todos los días.
También está claro que esta crisis no se resuelve con vuelos a Río de Janeiro, ni con bailes grotescos, ni cantando zambas. Tampoco mandando a sus diputados a votar todo en el Congreso. Se resuelve con gestión. Y, sobre todo, con empatía por los que menos tienen.
