La ministra de Educación salió a denunciar una “campaña de desprestigio” contra Alejandro Williams Becker y acusó a la prensa de actuar con “tremenda mala fe”. En lugar de despejar las dudas sobre las designaciones de punteros políticos y amigos en la escuela fantasma, se enojó con los títulos de los periodistas. «Sird» Becker renunció, el escándalo sigue abierto y la ministra, cada vez más fuera de eje.
Hay una Fiore que suele mostrarse solvente, adulta, que parece tener siempre una respuesta preparada y que administra los tiempos de una entrevista con la tranquilidad de quien cree tener la situación bajo control.
Pero con el escándalo de la escuela fantasma conocimos otra Fiore. Una que parece una niña enojada que no tolera una pregunta incomoda.
La entrevista en la radio del vil operador oficialista Mario Peña dejó esa impresión: la ministra no estaba ante un interrogatorio hostil ni frente a una emboscada periodística.
Estaba en un medio amigo, donde podía desarrollar su versión de los hechos. Sin embargo, el tono de sus declaraciones terminó exhibiendo una incomodidad que contrastó con la imagen de solvencia que suele cultivar.
Fiore aseguró que Becker se fue porque se cansó de ser víctima de una “campaña de desprestigio total y absolutamente injusta”. También calificó de “tremenda mala fe” el uso del término “escuela fantasma”.
La ministra tiene derecho a cuestionar un título periodístico. Puede considerar que la expresión “escuela fantasma” resulta exagerada, imprecisa o injusta. Lo que no puede pretender es que la discusión sobre el título sustituya la discusión sobre los hechos.
Porque una cosa es explicar que existen establecimientos educativos que funcionan sin edificio propio y otra muy distinta es responder qué hacia cobrando de ahí el puntero Pablo Marcial o los amigos de su marido.
La ministra parece querer discutir los títulos cuando lo que está en cuestión son los expedientes. Y hay algo muy delicado en eso: cuando una funcionaria empieza a decirle a la prensa qué expresiones puede utilizar y cuáles revelan supuesta mala fe, corre el riesgo de cruzar una frontera que debería tener muy clara.
Los medios pueden equivocarse, exagerar o utilizar títulos ganchos. Sin embargo, la respuesta de un funcionario debe ser aportar información, rectificar datos falsos y ofrecer documentación, no convertirse en editor de las coberturas que le resultan incómodas.
La causa por la Unidad Educativa 7160 está en manos de la Unidad de Delitos Económicos Complejos, bajo la intervención de la fiscal penal interina Ana Inés Salinas Odorisio. Según informó el Ministerio Público Fiscal, la investigación que por ahora no avanza debería esclarecer la existencia, el funcionamiento y la estructura del establecimiento, además de reconstruir la asignación y el destino de los recursos públicos vinculados con él.
Fiore hoy pende de un hilo. La renuncia de Becker no cerró el escándalo, las explicaciones siguen sin alcanzar y la ministra parece cada vez más ofuscada. Puede enojarse con los títulos, denunciar campañas y cuestionar a los periodistas, pero nada de eso resuelve la enorme cantidad de chanchullos a su alrededor.
El margen se achica y la cuerda está cada vez más tensa: si salta un escaándalo más, si aparece otra irregularidad que no pueda explicar, esta vez la que va a tener que hacer las valijas es ella.
