Un relevamiento expone una realidad alarmante: la mayoría de los adolescentes y jóvenes atraviesa situaciones de malestar emocional, pero no encuentra ayuda. La crisis económica, la precariedad y la falta de cobertura agravan el escenario.
La salud mental de los adolescentes y jóvenes de los barrios populares atraviesa una situación preocupante, pero hay un dato que expone con crudeza la dimensión del problema: el 78% no realizó consultas de salud mental durante los últimos meses. No se trata solamente de una generación que manifiesta agotamiento, ansiedad, angustia e incertidumbre, sino de jóvenes que, aun cuando necesitan atención, en su enorme mayoría no logran acceder a ella.
Los datos surgen de un relevamiento del Instituto Periferias, realizado durante octubre en nueve regiones del país entre jóvenes de 16 a 25 años, a partir de 1.746 encuestas. El informe, titulado Malestares en adolescentes y jóvenes en barrios populares, ofrece una radiografía que va mucho más allá de las estadísticas sobre salud mental y pone en evidencia cómo las condiciones materiales de vida impactan directamente sobre el bienestar emocional de una generación.
Las cifras describen un escenario difícil de ignorar. El 48,1% manifestó experimentar agotamiento muchas veces o siempre; el 45,5% señaló sentir estrés con esa misma frecuencia y el 41,3% expresó incertidumbre. A eso se suman un 38% que experimenta ansiedad de manera frecuente, un 30,3% que atraviesa episodios de angustia y un 25,4% que manifestó sentir tristeza habitualmente. La soledad también aparece como parte de ese cuadro: el 26,4% dijo sentirse solo muchas veces o siempre.
Pero el problema no termina en el malestar: la posibilidad de encontrar acompañamiento es considerablemente menor que la necesidad de recibirlo. Además del 78% que no realizó consultas, el 53,7% aseguró que no busca ayuda cuando atraviesa situaciones de malestar emocional. A su vez, el 45,4% declaró no tener cobertura de salud. La distancia entre quienes necesitan atención y quienes efectivamente pueden acceder a ella deja al descubierto una falla que no puede reducirse a una cuestión de decisiones individuales.
El informe también indaga por qué muchos jóvenes no llegaron a atenderse. El 29,6% no creía que la atención pudiera servirle para algo, el 18,8% no sabía dónde acudir y el 15,5% mencionó sentimientos de vergüenza, dudas o miedo. Es decir, a las dificultades económicas y de acceso se agregan la falta de información, la desconfianza y los prejuicios que todavía rodean a la salud mental.
Nacho Palarik, referente salteño del Instituto Periferias, advirtió que estos padecimientos no pueden analizarse separados de la realidad cotidiana que atraviesan los jóvenes. «El malestar emocional ocupa un lugar importante en la vida cotidiana. El agotamiento, el estrés, la incertidumbre, la ansiedad, la angustia, son emociones que no pueden disociarse de las dificultades materiales del día a día: problemas económicos, situación laboral, consumo de sustancias, etc. El tema es que no existe una respuesta equivalente en el acceso a la atención y el acompañamiento que esta situación requiere», sostuvo.
La dimensión económica aparece también entre los principales factores de preocupación identificados por los encuestados: el 64% mencionó la situación económica, el 38,5% el trabajo o el desempleo y el 20,4% las deudas o los préstamos. Los estudios, la incertidumbre sobre el futuro y los problemas familiares también ocupan un lugar importante. Para muchos de estos jóvenes, proyectar una vida, conseguir trabajo o sostener sus estudios se convierte en una fuente permanente de preocupación.
“La salud mental no constituye un problema individual. Es una cuestión social y está atravesada por las desigualdades y la poca oferta de oportunidades disponibles”, planteó Palarik. Desde el Instituto Periferias señalaron la necesidad de fortalecer la atención pública, ampliar los espacios de escucha y construir respuestas comunitarias.
