Salta, viernes 12:50. Mientras usted corre detrás del reloj, cumple horarios, esquiva multas y reza para no caer en una infracción de tránsito, hay quienes viven una realidad paralela. Es un universo de privilegios donde no aplica las generales de la ley, los cafés se sirven con plata del Estado y, de paso, si hay multa… la paga usted.
La escena fue registrada afuera de una estación de servicio ubicada en la entrada de la ciudad. Allí, como si nada, una camioneta del Gobierno de la Provincia —patente AF 754 UJ— descansaba cómodamente en un lugar prohibido.
Pero eso no es todo: los ocupantes del vehículo oficial tampoco estaban trabajando. Estaban disfrutando un café. Porque sí, la gestión cansa, y el viernes da hambre. Porque total, si hay que pagar algo, para eso están los impuestos de los salteños.
¿Control? ¿Acta de infracción? ¿Llamado de atención? Nada de eso. Al parecer, en Salta existe una norma no escrita: si tenés camioneta oficial, hacé lo que quieras. Estacioná donde quieras. Tomate el café donde te plazca. Y si te multan, no hay drama: la Provincia se hace cargo. O sea, los salteños.
Lo más interesante del asunto no es solo la infracción (que sería una más de tantas), sino la naturalidad con la que sucede. No hay ocultamiento, no hay apuro, no hay vergüenza. Hay una certeza: no va a pasar nada.
El problema no es una camioneta estacionada mal. El problema es una cultura de impunidad cotidiana, donde los vehículos del Estado son usados como si fueran personales y los recursos públicos, como si fueran privados.
