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lunes, septiembre 7, 2026

De Alberto a Milei: el caos ideológico de la ingeniera

La mujer que nos vendían como el cuadro técnico, la ingeniera de la precisión, se convirtió en un milagro de la plasticidad política.

Si alguna vez se preguntaron qué le sucede a la razón cuando se cruza con el ansia de poder, aquí tienen la respuesta con nombre y apellido: Flavia Royón. La mujer que nos vendían como el cuadro técnico, la ingeniera de la precisión, se convirtió en un milagro de la plasticidad política, un producto tan maleable que ya no se sabe qué ideología profesa, ni siquiera qué hora es.

Su currículum es un pasaporte sin sellos, pero con todas las visas. Funcional para Alberto Fernández, funcional para Sergio Massa, funcional para Javier Milei. ¡Y ahora se “reinventa” como opositora! Esto no es pragmatismo, es camuflaje patológico. Es la misma que en una oficina massista juraba por la “soberanía energética”, y al otro día, sin siquiera cambiar el outfit, se pasaba a defender la desregulación total con los libertarios.

Como bien dijo alguna vez George Orwell: “La forma más rápida de acabar con una guerra es perderla”. Royón ha aplicado esta filosofía a su carrera: la forma más rápida de no tener problemas con el poder es ser el poder, o al menos, parecerlo. Su compromiso con la “oposición a los libertarios” es un chiste de mal gusto. Si hace unos meses eligió a Milei sobre Massa, ¿quién puede creerle que ahora va a encarnar la resistencia? Nadie.

De la válvula de escape a la válvula de verso

La ingeniera ya no está más. La reemplazó un híbrido de cuarta. Royón es hoy un cóctel tan indigesto como la mezcla de Mónica Juárez y José García -tomó la impostación, la sobreactuación, pero perdió la autenticidad que, mal que mal, aquellos tenían. Se puso el disfraz de saencista de ocasión y se dedicó a recitar el libreto más gastado de la política salteña.

Pero lo más sabroso de este circo es la cocina y el vestuario. El verdadero espanto de su campaña no es ella, es el cerebro detrás de escena. El equipo de Royón es una cofradía de monjes negros que, recién llegados, ya operan con las mañas más viejas. Estos muchachos tienen la dudosa habilidad de imitar al siempre urtubeysista Juan P. Rodríguez -copiando las voces, los gestos y, claro, las manías oscuras- para manejar la campaña.

Estos jóvenes genios –que fueron romeristas, libertarios y también estradistas- se jactan, en los cafés de cerca del shopping, de haber logrado meter a una candidata a diputada en la lista oficial. Los mismos que hace nada se dedicaban a denostar al propio gobierno provincial con videos en redes sociales, protagonizados por la ahora súpersaencista, Oriana Nevora. Por eso, en los pasillos de Grand Bourg, los orgánicos los miran con recelo y murmullan: «Pero estos eran los que nos hacían cagar». La lealtad, para esta gente, es una moneda que se devalúa cada cinco minutos.

La interna de las rubias

Y cuando creíamos que el show no podía ser más bizarro, aparece la interna. La Ingeniera no solo es panqueque en la ideología, sino también una prima donna en la lista. Se comenta que Royón pidió explícitamente no compartir ningún espacio de campaña con su compañera de lista, Alba Quintar. «La ingeniera tiene pica con la jujeña,» le soplaron algunos militantes a este medio.

No contenta con eso, la versión que circula es que, apenas firmadas las listas, Royón se despachó con una reunión cumbre con Quintar, donde le habría pedido, sin anestesia, que no se metiera en su camino.

Lo que queda en claro es que esta candidatura no es una convicción; es un alquiler. Royón es una mujer maleable, elástica, que responde a Gustavo Sáenz. Y su campaña, manejada por charlatanes que copian trucos viejos, es la confirmación de que la ingeniería del verso ha reemplazado a la honestidad.

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