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domingo, agosto 16, 2026

En La Libertad Avanza insisten en que hay “una campaña de difamación” contra Orozco

Lo que no dicen es que las agresiones y ataques más virulentos llegaron siempre de su propia tropa, con la candidata a senadora a la cabeza. Ahora se disfrazan de “víctimas”.

En las últimas horas, algunos dirigentes libertarios, con Carlos Zapata a la cabeza, salieron a instalar la idea de que en Salta existe una “campaña” para desprestigiarlos. El libreto es conocido: cuando el apoyo se desinfla y cuando los errores propios se vuelven imposibles de esconder, aparece la vieja estrategia de ponerse el traje de mártires.

“Hay una campaña de difamación contra Emilia, con el fin de restar votos dentro del partido para dificultad su acceso al Congreso de la Nación”, dijo el diputado Carlos Zapata en Carajo, el stream libertario.

Para Zapata, la candidata a senadora “es una persona totalmente transparente, íntegra, trabajadora. Es una genia, una ídola total”. E inmediatamente lanzó dardos contra la prensa: “Se ha llegado al extremo de las incitaciones al odio. El periodismo pautado es el que impera en Salta y nosotros tenemos poca posibilidad de tener un micrófono, una cámara”, afirmó.

Pero el problema para La Libertad Avanza es que la memoria colectiva todavía funciona. ¿De qué campaña hablan cuando fue Emilia Orozco, la diputada que preside la Comisión de Libertad de Expresión sin abrirla en un año, quien insultó a dirigentes que no comulgan con su espacio, descalificó a periodistas, cuestionó a los jubilados y despreció a las organizaciones sociales? ¿No eran ellos los que hablaban de “dinamitar” todo lo que no encajara en su dogma?

La paradoja es enorme: quienes se cansaron de agraviar ahora se horrorizan porque alguien les responde. Se venden como “perseguidos” cuando en realidad son los campeones del agravio. La víctima perfecta, pero fabricada en laboratorio.

La estrategia libertaria es clara: cuanto más solos quedan en el escenario político, más gritan que hay un complot en su contra. El problema es que esa victimización choca con su propio prontuario de violencia discursiva y con la soberbia de quienes se autoproclamaron “la nueva política” pero actúan con las mañas más viejas del manual.

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