La nena de 10 años murió calcinada. La policía detuvo a la mujer, acusada del crimen, y al padre de la víctima.

Carolina Visca tenía 10 años y jugaba cuando podía. Vivía en un desvencijado ranchito detrás del terraplén de barrio Las Flores, en el extremo sur de la ciudad de Rosario, junto a su padre y su madrastra, ambos adictos a los estupefacientes. Trabajaba vendiendo tarjetitas en los bares del centro. Ayer a la madrugada la casilla en la que vivía la familia fue devorada por el fuego cuando solo la nena estaba en el interior. Indignados, sus vecinos contaron que la madrastra de la niña la había encerrado en el rancho antes de incendiar el lugar.

“La puerta estaba cerrada por fuera con cadena y candado. Hicimos lo que pudimos para sacarla, pero no se pudo. El fuego consumió todo. El cable de la luz cayó sobre las chapas y las electrificó”, expresó un hombre, según lo publicado por el diario La Capital de Rosario. “Era una criatura muy querida, no tenía que terminar así”, contó una mujer que intentó rescatar a la nena de entre las llamas. “Ellos peleaban mucho (el padre y su pareja), vivían drogados y nosotros le pedimos la nena para cuidarla y educarla. Pero ella siempre dijo que no”, relató el vecino.

La fiscal Georgina Pairola ordenó la detención de los dos mayores, quienes serán imputados por el homicidio. “Era una nena muy buena. Nosotros le habíamos puesto “La jetona’, porque andaba siempre a los gritos. Era generosa. Vivía con el papá y la mujer de él, dos personas que vivían drogadas. Todo el tiempo dados vuelta. Los tres iban a vender tarjetitas por los bares y vivían de eso”, dijo una señora. Y agregó: “El papá la quería mucho, pero la mujer de él no. La vivía peleando, siempre a los gritos, propinándole malos tratos, peleándola todo el tiempo. Estamos muy tristes con lo que pasó”, explicó otra residente del pauperizado asentamiento a la vera de un barrio pobre.

Cada vecino que habló con los medios le sumó descripción al cuadro: un ambiente familiar extremadamente riesgoso y de insalubridad absoluta; una situación de extrema vulneración de derechos que padecía Carolina desde que se despertaba; y también de absoluta indefensión, describió el diario local. “Acá todos estamos solos. Nadie nos ayuda con nada. Ahora ves policías porque pasó lo de la nena. Pero sino, no te dan pelota. Nadie te ayuda acá”, dijo una vecina indignada y llorando.

Esteban, de 31 años; Mónica M., de 38 y Carolina, de 10, llegaron a la zona más pobre de Las Flores hace dos o tres meses. Se instalaron en el asentamiento ubicado entre el terraplén del barrio. Un extensión de territorio inundable, sin ningún tipo de servicios. Los vecinos conviven con un basural, tienen luz solo porque se enganchan a los cables y el agua potable brilla por su ausencia. Un segmento de vecinos que solo se hace visible cuando una tormenta de envergadura los deja sin nada, y entonces salen a protestar y cortar calles.

Según La Capital, Mónica tiene al menos media docena de hijos y un pasado marcado detrás de las rejas y condenas cumplidas en el viejo sistema procesal: la última de esas penas data de julio de 2012 y fue a cinco años de prisión por robo calificado.

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