El gobernador Gustavo Sáenz emprendió vuelo hacia Buenos Aires para reunirse con Javier Milei. El objetivo es dialogar sobre las reformas laboral y tributaria, y el Presupuesto 2026. Pero en la realidad, Sáenz va a hacer lo que todos saben que va a hacer: arrodillarse.
El mismo que en campaña se disfrazaba de opositor, que decía que iba a plantarse contra los atropellos del Gobierno nacional, hoy viaja apurado a la Casa Rosada con las rodillas listas y la conciencia flexible.
Después de perder las elecciones frente a La Libertad Avanza pese a derrochar una camionada de plata y mover a todos los empleados públicos, cambió el discurso de trinchera.
“Lo felicitamos por el amplio triunfo en todo el país, acá estamos para servir, pero no para ser sirvientes, acá estamos para ayudar y acompañar, siempre y cuando no perjudique a los salteños”, dijo el domingo.
Y remató: “No vamos a desestabilizar a ningún Gobierno, respetamos, acompañamos y entendemos que debemos acompañar, no desestabilizar.”
Traducción libre: “No somos sirvientes… pero si hay que votar la reforma laboral, ¿dónde firmo, Javier?”
Porque todos sabemos cómo termina esta película. Sáenz va a salir con una rosca a su beneficio. Después, ya aquí ante las cámaras de los medios pautados por él mismo va a decir que “defendió los intereses de los salteños”, mientras todos saben que ya consumó la entrega.
En Nación lo esperan con los brazos abiertos: necesitan aliados dóciles, de esos que primero dicen “no me arrodillo” y después se acomodan mejor para que no duela.
Y Sáenz, como buen especialista en dar pena y lastima, ya entendió que en la Argentina libertaria no hay lugar para los tibios: o aplaudís, o desaparecés.
Así que no hace falta adivinar qué va a pasar con la reforma laboral. Sáenz la va a aprobar, la va a justificar y hasta va a decir que “era necesaria para modernizar el país”.
Porque en el fondo, Gustavo Sáenz no va a Buenos Aires a defender a Salta, va por sus intereses particulares.
Va a arrodillarse, sonreír y decir “sí, señor Presidente”, con el mismo entusiasmo con el que antes decía lo contrario para covencer a los incautos.
Por Enrique Briones
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