En 1859, el naturalista inglés, Charles Darwin (1809–1882) publicó “El origen de las especies donde construyó una teoría cuya línea argumental discurre sobre la idea madre de que todo ser vivo se adapta de generación en generación a las nuevas situaciones y mejora su condición para sobrevivir. Dicho así, muy linealmente.

Si se aplicara esta teoría al caso argentino se podría decir que los argentinos evolucionaron desde 1810 –aunque lentamente- hasta llegar a formar un país con expectativas de potencia hacia el Centenario. Aquel año de 1910 fue un momento de satisfacción, de optimismo. La dirigencia de aquel momento expresaba en sus discursos la evolución progresiva y los logros obtenidos desde la supuesta “Revolución de 1810”. Un dato interesante: Frente a ese estado de evolución, los conflictos sucedidos en esa centenaria construcción podían ser olvidados o minimizados. (El espécimen más fuerte, no puede relacionarse con aquél menos evolucionado, decía Darwin).

Aquel entusiasmo del Centenario se cristalizó en términos políticos con la “Ley Sáenz Peña” y la llegada del primer presidente salido de elecciones limpias, Don Hipólito Yrigoyen. En el campo social, se patentizaba esa evolución con las primeras conquistas sociales

Toda esa maravilla de país se había consolidado sobre el riel de la educación. La Ley 1420 de 1884, dictada bajo la presidencia de Julio Argentino Roca modeló el carácter de los argentinos del siglo XX, dándoles un firme sentido de permanencia y pertenencia. Le otorgó identidad a un país que estaba entre los primeros de la Tierra.

Aquellos resultados eran producto de una clase dirigente lúcida, instruida y diversa que concurría en dos canales: la oligarquía terrateniente que atesoraba la riqueza y una dirigencia surgida de la clase media gestada con la inmigración que bregaba por una mejor condición social para los trabajadores y obreros: socialistas, demócratas progresistas y por supuesto radicales.

El signo de aquel momento fue esa lucha de intereses entre la oligarquía y la dirigencia popular –no populista-, que pareció cristalizar los sueños y las apetencias de la mayoría con la llegada del peronismo en 1946. Aquella frase pintada a brochazos en las paredes: “Sube la papa, sube el carbón, el 24 sube Perón”, trasuntaba el ardor de llegar al pináculo de una evolución social donde las clases populares estaban a la medida –o más- de la rancia oligarquía. ¡Ahora se venía el país en serio! La evolución de la raza argentina había llegado a su clímax.

Y hasta allí nomás llegó la evolución.

Después del derrocamiento del peronismo a manos de la sangrienta “Revolución Libertadora”, que abrió heridas que desembocaron en la violencia de los años setenta del siglo pasado, el país ingresó en la curva descendente y la teoría de la evolución no sólo se detuvo, sino que comenzó a invertir su curso.

Hace setenta años que la Argentina es un país que involuciona. Paulatinamente ha ido perdiendo su potencia, su riqueza, su educación, sus niveles de salud, su calidad universitaria y el valor del trabajo de sus ciudadanos.

La división de poderes como el federalismo son declamaciones teóricas. Un macrocefálico Poder Ejecutivo discierne sobre la justicia y ordena los tiempos legislativos. La ausencia de justicia avala la inseguridad y las leyes justifican la violencia ¡Peor aún, la indemnizan! Las corporaciones gobiernan y el periodismo se convirtió en una herramienta al servicio del mejor postor.

A la fecha, en el Bicentenario, la Argentina es un país desguazado, amenazado por epidemias que ya habían desaparecido, con niveles de analfabetismo inaceptables,  con un estado de anomia creciente en la población, sin historia –porque nadie la conoce-, sin partidos políticos robustos y con la dirigencia política, sindical y religiosa más decadente de que se tenga memoria.

La evolución se detuvo hace décadas y la involución social se instala cada vez con mayor solidez. Por eso, hay que dejar de hablar de revoluciones porque eso pertenece al pasado. Es momento de pensar en la “Re-evolución” social, repensando todas las categorías.

Caso contrario, aquel sueño de los Padres de la Patria habrá quedado en la historia. Esa historia que también supieron robarse.

Ernesto Bisceglia

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