Mucho antes de que Internet estuviera al alcance de todos, un equipo de trabajadores de la Universidad Nacional de Salta puso en marcha una conexión que marcaría un antes y un después en la comunicación y la investigación de la región. Edgar Estrada fue uno de sus protagonistas. A casi 40 años de servicio en la institución, recuerda cómo ayudó a construir una infraestructura que conectó a la comunidad universitaria con el mundo.
Hoy, conectarse a Internet desde una computadora o un celular parece algo cotidiano. Pero hubo un tiempo en el que acceder a la red era una experiencia novedosa, que despertaba curiosidad y exigía conocimientos técnicos, creatividad y mucho trabajo. En Salta, la Universidad Nacional de Salta (UNSa) fue protagonista de esa transformación y Edgar Estrada formó parte del equipo que hizo posible dar ese paso.
Desde el Consejo de Investigación de la UNSa, Estrada dedicó su trayectoria al desarrollo de redes y comunicaciones. Su trabajo fue fundamental para construir la infraestructura que permitió conectar las distintas dependencias universitarias y, posteriormente, abrirles el acceso a Internet.
El camino comenzó antes de la conexión. Primero fue necesario desarrollar servicios informáticos y de correo electrónico, una herramienta que ya permitía a docentes e investigadores comunicarse con colegas de otras universidades. Después llegó el desafío de extender la red interna mediante fibra óptica para que esos servicios alcanzaran los distintos sectores del campus.
El siguiente gran paso se concretó en 1995, cuando la UNSa, mediante un convenio con RETINA —una red académica vinculada a la investigación y las comunicaciones—, contrató un enlace satelital para acceder a Internet. Según recuerda Estrada, fue uno de los primeros enlaces de este tipo en Salta y en el noroeste argentino, y ubicó a la Universidad entre las instituciones pioneras del país en materia de conectividad.
Cuando conectarse a Internet era una novedad
La llegada de Internet implicó mucho más que instalar una antena satelital. Había que configurar equipos, preparar servidores, resolver problemas de conexión y lograr que las facultades pudieran acceder a la nueva tecnología. Todo esto se hacía en una época en la que no existían las herramientas de consulta inmediata que hoy ofrece la propia red.
“Fue bastante vertiginoso”, recuerda Estrada al describir aquellos años. El aprendizaje se construía a partir del intercambio con otras universidades, la experimentación y el trabajo cotidiano. Junto a sus compañeros Jorge Torres, Jorge Silvera, Fernando Aguirre y Sonia Marrupe, participó de un proceso que demandó varios años de esfuerzo.
La conexión inicial tenía una capacidad de 64 kilobits por segundo. Una velocidad que hoy resulta mínima, pero que entonces representaba una posibilidad extraordinaria. En aquella etapa, el correo electrónico y la navegación web abrían nuevas formas de buscar información, compartir conocimientos y establecer vínculos académicos.
La novedad también trascendió los límites de la Universidad. Estrada recuerda el interés que despertó Internet en la Feria de la ciudad, donde el stand de la UNSa convocó a numerosas personas curiosas por conocer cómo funcionaba aquella tecnología. Las entrevistas en radios, canales de televisión y revistas reflejaban que la conectividad comenzaba a convertirse en un tema de interés público.
Una apuesta institucional que conectó a la Universidad con el mundo
El desarrollo de la red fue posible gracias al trabajo técnico, pero también a una decisión institucional de invertir en infraestructura y acompañar un proceso de transformación. Estrada destaca especialmente el respaldo de la doctora Lecino, quien presidía el Consejo de Investigación en aquel momento y confió en él para llevar adelante el proyecto.
Esa apuesta permitió que la conexión no quedara concentrada en un único espacio: la red interna hizo posible que docentes, investigadores y estudiantes accedieran a los servicios desde distintos puntos del campus. La experiencia adquirida también contribuyó, posteriormente, al trabajo con iniciativas de conectividad interuniversitaria.
Con el paso de los años, la infraestructura y las necesidades tecnológicas crecieron. La Universidad pasó de aquella conexión satelital a una red capaz de sostener mayores volúmenes de información, servicios digitales y nuevas demandas de investigación y enseñanza.
Para Estrada, haber formado parte de ese proceso adquirió una dimensión especial con el tiempo. “Me tocó vivir el momento en que estaba ocurriendo”, reflexiona, al comparar aquella experiencia con haber participado de un acontecimiento histórico.
Casi 40 años construyendo universidad
Después de casi cuatro décadas de trabajo en la UNSa, Estrada se prepara para cerrar una etapa de su vida laboral. Cuando piensa en lo que va a extrañar, menciona especialmente a los estudiantes, las amistades y el encuentro cotidiano con las personas que forman parte de la institución.
Su historia permite mirar la Universidad desde otro lugar: detrás de cada servicio que funciona, de cada investigación que avanza y de cada estudiante que accede a información, hay personas que dedicaron años a construir las condiciones para que eso fuera posible.
La llegada de Internet a la UNSa no fue obra de una sola persona, sino el resultado de un proyecto colectivo sostenido por trabajadores, equipos técnicos y autoridades que apostaron por el futuro. Edgar Estrada fue uno de sus protagonistas y su recorrido forma parte de la historia de una Universidad que se animó a innovar cuando todavía había mucho por descubrir.
Porque la historia de la UNSa también se construye así: con quienes, muchas veces lejos de las aulas y sin buscar reconocimiento, abren caminos para que las próximas generaciones tengan más oportunidades de aprender, investigar y conectarse con el mundo.
