El peronismo tiene una virtud que con el tiempo se volvió su mayor problema: la capacidad de absorberlo todo. Gobiernos, ideologías, modas intelectuales, coaliciones imposibles.
Esa plasticidad que en los cincuenta fue sinónimo de vigor popular se convirtió décadas después en promiscuidad doctrinaria. Y esa promiscuidad, sostenida en el tiempo, produce amnesia.
La muerte de Perón en julio de 1974 no fue solo la pérdida de un conductor. Fue la sustracción del único árbitro capaz de imponer coherencia a un movimiento que ya entonces cargaba contradicciones irreconciliables. Sin él, el peronismo quedó huérfano de doctrina operativa. Los cuadros medios se desorientaron. Cuando llegó el golpe del 76, el movimiento no pudo ofrecer resistencia orgánica porque ya no era orgánico. Era una suma de facciones que se reconocían por el nombre pero no por el programa.
La recuperación democrática del 83 encontró al peronismo ante una encrucijada que resolvió mal. Eligió el pragmatismo electoral antes que la reconstrucción doctrinaria. Ganó tiempo. Perdió identidad.
Pero la herida más profunda la infligió Carlos Menem. No porque haya traicionado al peronismo, la traición implica convicción previa, sino porque lo vació desde adentro con el consentimiento de sus propias estructuras. El menemismo no fue una desviación del peronismo sino que fue su neoliberalización voluntaria. El PJ votó en bloque las privatizaciones, aplaudió los indultos, avaló la convertibilidad y la pérdida de independencia económica. La militancia lo siguió porque ganaba elecciones. Y ganar elecciones, en el peronismo post-Perón, se convirtió en el único criterio de legitimidad que quedaba.
Ese fue el primer gran pecado. Haber reducido la doctrina justicialista a una técnica electoral. La Comunidad Organizada, el Modelo Argentino, las Veinte Verdades, todo eso quedó como patrimonio retórico de los actos de aniversario, mientras la gestión cotidiana obedecía al FMI. Perón había advertido en múltiples oportunidades que el imperialismo no entraría por las bayonetas sino por las billeteras. Sobornos incluidos. En los noventa, le abrieron la puerta sin chistar.
La segunda crisis llegó por otro flanco, igual de destructiva, aunque mucho más difícil de diagnosticar porque se presentó con un lenguaje impostado de reivindicación.
El kirchnerismo tuvo logros reales en su primera etapa. La reestructuración de la deuda, la recuperación del empleo, la política de derechos humanos. Pero a partir de cierto momento, que distintos analistas ubican entre 2008 y 2010, el proyecto dejó de ser peronista para convertirse en otra cosa. Un progresismo de gestión con retórica de confrontación y clientelismo estructural.
El problema no fue el progresismo como tal. El problema fue que el kirchnerismo colonizó al peronismo y lo reconfiguró a su imagen, expulsando o marginando a quienes no aceptaron esa reconversión. La identidad justicialista fue subsumida en una identidad kirchnerista con sus propios mitos, sus propios héroes, sus propias excomuniones. La doctrina de Perón fue reemplazada por la épica de los setenta, una épica que tiene su legitimidad histórica, pero que no es ni nunca fue equivalente al justicialismo.
El resultado fue una doble amputación. Los cuadros más formados doctrinariamente no se reconocieron en el nuevo relato. Al mismo tiempo, el movimiento incorporó militancia joven altamente ideologizada en clave progresista, que llegó por Kirchner y no por Perón, que cita a Laclau antes que a Cooke, que confunde la radicalización discursiva con la profundidad doctrinaria.
Ninguna de las dos generaciones, ni la menemista ni la kirchnerista, produjo renovación doctrinaria seria. La primera no quiso porque le sobraban los votos. La segunda creyó que ya la tenía, empaquetada en una retórica cocinada, por unos cuantos con vaya a saber uno qué intereses, en el Instituto Patria.
Y aquí llegamos al presente, que es el punto más incómodo.
La crisis del peronismo hoy no es solo electoral ni de conducción. Es una crisis de pensamiento. El movimiento no tiene intelectuales propios con peso real, no hablo de recién llegados académicos ni operadores con cargo universitario, sino pensadores capaces de articular una respuesta justicialista a los problemas del siglo XXI. Por ejemplo, la economía de las plataformas, la desintegración del trabajo asalariado, las nuevas formas de la pobreza estructural. Ese trabajo nadie lo está haciendo.
La militancia, en su conjunto, abandonó el estudio de la doctrina. Los documentos fundantes del justicialismo son citados como talismanes, no analizados como programas aún cuando son extraordinariamente visionarios y futuristas. Los dirigentes hablan de «el pueblo» como categoría mágica que no requiere definición, porque definirla comprometería demasiado. Es más fácil invocarla.
Las consecuencias son políticas y son inmediatas. Un movimiento que no sabe lo que es no puede explicarle a la sociedad por qué debería elegirlo. Y una sociedad que ve al peronismo oscilar entre Menem y Kirchner, entre Kicillof y Massa, entre La Cámpora y el PJ de los intendentes, termina por concluir que la única identidad real del peronismo es su vocación de poder. Y tiene razón en concluirlo. Es lo único que el peronismo supo defender con consistencia desde 1976. Hace medio siglo ya.
No hay reforma posible sin honestidad intelectual previa. Y esa honestidad exige decir lo que la militancia no quiere escuchar. Esto es, que antes de nuevos líderes o nuevas alianzas o nuevos frentes, hace falta un proceso serio de reconstrucción doctrinaria. Que parta del Perón real, no del Perón que cada facción se fabrica a medida, y que tenga el coraje de distinguir lo permanente de lo contingente, la identidad del oportunismo.
Sin ese trabajo, los ciclos se van a repetir. Vendrá otro neoliberalismo, u otro progresismo, o algo mucho peor que todavía no tiene nombre pero que va a ofrecer al peronismo la misma tentación de siempre, subordinar la doctrina a la coyuntura. Y el peronismo va a decir que sí. Porque lleva medio siglo entrenándose para eso.
Hay una salida. No es cómoda. No es rápida. Pero existe y tiene nombre: Reforma Institucional Integral del Partido Justicialista.
No se trata de cambiar un logo ni de convocar un congreso partidario (o de la militancia) para tomarse fotos. Se trata de reformar la Carta Orgánica en serio, la del PJ nacional y la de cada distrito, para que el partido deje de ser una franquicia electoral y se convierta en lo que Perón ideó. Una herramienta de conducción política con mecanismos reales de deliberación, formación y control interno.
Eso implica tres cosas concretas.
Primero, establecer instancias formales de formación doctrinaria obligatoria para los afiliados que aspiren a cargos partidarios o electivos. No charlas voluntarias ni talleres de fin de semana sino requisitos orgánicos.
Si un partido político no exige a sus cuadros que conozcan su propia doctrina, no tiene doctrina. Tiene marca.
Segundo, crear mecanismos de rendición de cuentas interna que no dependan de la voluntad del dirigente de turno. El problema del peronismo no es que haya tenido malos dirigentes ocasionalmente, todos los movimientos los tienen. El problema es que sus estructuras no tienen anticuerpos institucionales para corregirlos. Menem pudo hacer lo que hizo porque el partido no tenía herramientas para frenarlo. Los Kirchner pudieron colonizar el movimiento porque tampoco las había. Un partido con instituciones reales es más difícil de cooptar.
Tercero, despersonalizar la identidad partidaria. El peronismo no puede seguir siendo el partido de quien lo conduzca en cada ciclo. Eso requiere que la Carta Orgánica establezca con precisión qué principios son innegociables, y que esa precisión tenga consecuencias jurídicas internas para quien los viole.
Nada de esto es revolucionario. Es lo mínimo que se le exige a un partido político moderno. El problema es que para el peronismo, después de cincuenta años de personalismo y oportunismo, lo mínimo es lo más difícil.
Quien quiera refundar el peronismo tiene que empezar por ahí, no por las redes sociales ni por las candidaturas. Tiene que sentarse a escribir, y a defender, y a pelear, las reglas que el movimiento necesita para no volver a traicionarse. Es un trabajo ingrato, sin cámaras y sin aplausos inmediatos.
Pero es el único trabajo que importa.
En Salta, el Foro Provincial Justicialista ya dio ese paso. Sólo es cuestión de imitarlo.
por Flavio Gerez
21/04/2026
