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domingo, agosto 30, 2026

Opinión | La quietud no siempre es conformidad

La política y sus actores se comportan como niños que tantean los límites. Prueban, insisten, retroceden apenas lo necesario y vuelven a avanzar. Así como el niño aprende hasta dónde puede llegar con sus padres antes de que la paciencia se agote, el dirigente político aprende, o cree aprender, hasta dónde puede llegar con el Pueblo antes de que la tolerancia se quiebre.

Pero hay una diferencia fundamental que esa clase política suele ignorar con consecuencias graves. Los padres aman a sus hijos. Esa ecuación sentimental actúa como amortiguador, como un margen de gracia que suaviza la reacción ante cada transgresión. El Pueblo, en cambio, no tiene por qué amar a sus dirigentes. Los tolera, los soporta, los evalúa con una frialdad que va acumulando capas de decepción, hartazgo y desprecio silencioso.

Esa acumulación no es indefinida. La paciencia popular no es elástica, es más bien frágil. No se estira infinitamente para luego volver a su forma original. Se tensa, se endurece y, llegado el punto de quiebre, se rompe. Y cuando se rompe, no avisa. No negocia. No ofrece segundas oportunidades en el momento en que estalla.

La Historia, argentina y universal, está llena de clases dirigentes que confundieron la quietud del pueblo con su conformidad, su silencio con su consentimiento, y su paciencia con su indiferencia. Ese error de lectura suele tener un solo final que es la irrupción de una energía política que nadie controla, que nadie encauza, y cuyos resultados raramente le resultan cómodos a quienes la provocaron ni a quienes la protagonizan.

El verdadero arte de la política no consiste en medir cuánto aguanta el pueblo. Consiste en no obligarlo a aguantar.

 Por Flavio Gerez

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