En la última sesión de la Cámara de Diputados, el legislador de la Libertad Avanza Franco Lastra, ofreció una clase abierta de cómo hablar de historia sin saber demasiado de historia.
Primero expresó su solidaridad con el “autopercibido periodista” y convencional constituyente Gino Di Matteo, por una supuesta agresión, la cual no explicó ni dio pruebas.
“Aprovecho para hacer un homenaje a la labor periodística con sinceridad, con coraje y con responsabilidad que llevan a cabo algunas personas que nada más buscan esclarecer la realidad de nuestra provincia, la realidad de nuestra historia, la realidad de nuestro país y en ese caso hacerle extensivo mi apoyo total a un periodista agredido hace poco”, dijo en alusión al joven libertario que realiza breves videos para redes sociales.
Luego empezó el espectáculo decadente. Lastra enlazó el homenaje con una explicación sobre la dictadura argentina que mezcló todo en una especie de licuado histórico.
“Quiero seguir homenajeando también la verdad para que no vuelva a suceder nunca más la guerra que sucedió a la cual llamamos dictadura, que fue impulsada por el peronismo”, sostuvo y decidió subir un poco más la apuesta: “se hablan de dos partícipes cuando fueron cuatro, porque Isabel Perón fueron parte del mismo, Massera y Videla fueron peronistas y ellos fueron los que comenzaron las tácticas de desaparición de personas en 1973”.
En solo segundos demostró que no tiene ni para empezar a hablar de historia. Porque lo que ocurrió en la Argentina entre 1976 y 1983 no fue una “guerra”. Fue terrorismo de Estado. Un golpe militar encabezado por Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti que inauguró una dictadura cívico-militar con miles de desaparecidos.
Ese régimen se instaló el 24 de marzo de 1976 para cerrar un ciclo político que venía agitando al país desde el Cordobazo en el 69.
La respuesta de las élites económicas y militares fue el golpe. No hubo una guerra. Un régimen que desplegó terrorismo de Estado y que además se coordinó con otras dictaduras de la región a través del Plan Cóndor. Pero en la versión del diputado Lastra todo ese proceso histórico quedó reducido a una ensalada sin sentido.
El detalle curioso es que todo ocurrió mientras el diputado hablaba de “defender la verdad”. Y ahí aparece la paradoja: invocar la verdad histórica mientras la historia se cuenta a ojo, como si fuera una charla de sobremesa entre ignorantes.
Tal vez para la próxima sesión el diputado podría intentar un método infalible: leer un poco antes de hablar. No mucho. Un par de páginas alcanza. Porque cuando uno se propone explicar la historia argentina y termina inventando, el homenaje a la verdad termina pareciendo más bien a un chiste de mal gusto.
