El saencismo sueña con el tercer mandato, pero parecen mirar en el espejo equivocado. Mientras tanto, la realidad lo castiga y no hay lectura de los resultados de las elecciones.
La última elección nacional dejó una señal clarísima: el Gobierno provincial fue castigado con más de 13 puntos de diferencia frente a La Libertad Avanza. Fue más que un tropezón y el mensaje que enviaron los salteños no requiere traductores: el liderazgo de Gustavo Sáenz se debilitó y el sueño del tercer mandato para estar lejos. No obstante, los “armadores” del Grand Bourg ya iniciaron el operativo clamor.
Sáenz se cargó al hombre la campaña de Flavia Royón, se mostró, militó, habló y repitió el libreto oficialista en cada acto. Fue él la figura visible. Es por eso que el mensaje de las urnas fue para él y no para, todavía para muchos, desconocida Royón.
La derrota fue contundente y dejó a la provincia mirando hacia otro lado. Royón quedó lejos, demasiado lejos, para quienes se jactaban de controlar el tablero político salteño.
Sin embargo, mientras las urnas todavía hablan, el Gobierno parece sumergido en un universo paralelo. Ya obligaron a los intendentes a empezar a hablar del tercer mandato. Todo apoyado en la famosa cláusula transitoria incluida en la reforma constitucional: una maniobra quirúrgica, escrita a medida, que permitiría reinterpretar límites que en cualquier democracia robusta serían incuestionables.
La discusión es jurídica, pero sobre todo política. Y revela un problema mucho más profundo: la desconexión absoluta del saencismo con la realidad. En vez de evaluar la caída en la consideración pública, revisar errores y preguntarse por qué la gente decidió castigar al oficialismo, la preocupación central pasa por ver cómo forzar un nuevo mandato. Como si todo se resolviera con un artilugio constitucional y no con credibilidad, gestión o empatía.
La idea ya está instalada y obligó al Jefe de Gabinete de la Municipalidad, Juan Manuel Chalabe, a avanzar por ese sendero. Consultado por la re reelección de Sáenz, ratificó el respaldo de la gestión capitalina al gobernador.
Pero estos juegos electorales resultan indignantes porque los problemas reales de los salteños se siguen acumulando: salarios pulverizados, servicios en crisis, inseguridad en alza y una economía provincial sin brújula. El divorcio con la sociedad es evidente.
