Los diputados alineados con Sáenz evitaron la interpelación al jefe de Gabinete, pero bajaron al recinto cuando el Gobierno necesitaba los votos.
Lo del saencismo desde hace rato que está claro, pero nunca fue tan explícito: cuando se trataba de sentar a Manuel Adorni en el banquillo de las explicaciones, las bancas saencistas quedaron vacías. Silencio, ausencia y cálculo. Pero horas después, cuando el oficialismo nacional necesitaba número fino para avanzar con el súper RIGI, la disciplina territorial apareció sin titubeos.
No fue magia ni casualidad. Ayer, Pablo Outes, Yolanda “la dipumuda” Vega y Bernardo Biella dijeron presente en el momento exacto en que los libertarios estaban al borde del naufragio parlamentario. Con lo justo, con lo mínimo indispensable, pero con lo necesario para que la sesión arranque.
El contraste es demasiado evidente como para disimularlo con argumentos técnicos. No hubo quórum para exigir explicaciones, pero sí para garantizar negocios. No hubo voluntad para incomodar al poder nacional, pero sí para sostenerlo cuando hacía falta. Una lógica que ya no se esconde, que directamente se ejecuta.
En el saencismo ya no se habla de equilibrios ni de autonomía. Se actúa. Y sobre todo en sincronía con una Casa Rosada que agradece en silencio cada gesto de acompañamiento. Porque si algo dejó en claro esta jugada es que la relación no pasa por discursos, sino por momentos clave. Y este era uno.
La figura de Adorni, expuesta a una posible interpelación, quedó así blindada por la omisión. No hizo falta defenderlo: alcanzó con no dar quórum. Un movimiento más elegante, menos ruidoso y, sobre todo, más efectivo. Mientras tanto, el súper RIGI avanzaba con la venia de quienes, en teoría, representan otra agenda.
