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jueves, septiembre 10, 2026

Reality legislativo: una diputada sin ley, pero con producción

Hay políticos con ambición, otros con vocación… y después está Laura Cartuccia, un caso de estudio entre el narcisismo y la televisión local de bajo presupuesto. Diputada por accidente, influencer por elección y senadora en sus sueños más húmedos, Cartuccia transformó su cargo en una forma de hacerse autobombo pero con cero acción legislativa.

Porque para ella, el despacho en la Legislatura no es un espacio de trabajo, sino un set de grabación, un camarín con aire acondicionado donde no se escribe ni una ley, pero se filma todo. ¿Reformas? ¿Proyectos? No, no: eso no.

La blonda sin sonrojarse graba su programa de TV en la legislatura y no habla ni un segundo de la agenda parlamentaria.

Mientras los problemas de Salta hacen fila, ella le hace boquita de patito a la cámara. No busca soluciones, busca seguidores. No tiene propuestas, pero tiene presencia en los colectivos de SAETA. Porque si no puede mejorar, al menos lo puede tunear con su cara la parte de atrás de los bondis sea un aliciente.

Su verdadera obra legislativa es haber convertido la política en un catálogo de estética facial con cargo público. No dejó leyes, pero dejó una nueva forma de hacer política: con bisturí, filtros de Instagram y maquillaje pago con

Como dijo su colega, la diputada Griselda Galleguillos:

“Se hizo las lolas, se operó la boca, se hizo de todo… y todo eso lo pagaron los salteños”.

Porque claro, con un sueldo de laburante no te hacés ese tuneo completo, pero con una banca… ¡mamita! Hasta te da para contratar a un community manager que te edite las stories mientras hacés como que trabajás.

Y por estas horas todavía quiere ser senadora nacional. Sí, senadora. Porque, según su lógica, si ya logró no hacer nada como diputada, ahora quiere no hacer nada desde una banca más grande, con más prensa, más viáticos y quizás, si hay suerte, otra operación financiada por vos.

Cartuccia no es solo un síntoma de lo bajo que ha caído la política: es la personificación del oportunismo disfrazado de representación. Una política de cartulina, de frases vacías y ropa vulgar, donde todo está diseñado para que parezca que hace algo, mientras no hace absolutamente nada.

Pero eso sí, lo graba todo. Y con la tuya.

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