Ya llega el 10 de septiembre, Día Mundial de la Prevención del Suicidio, dispuesto por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como parte de una campaña trienal (2024-2026) que “busca transformar las perspectivas globales en torno a este problema de salud pública”.
Por Rodolfo Ceballos (*)
El lema de los últimos tres años de la campaña fue “Cambiar la narrativa sobre el suicidio” y tener la perentoria necesidad de pasar a la acción para “Iniciar la conversación”. Esto significa ir hacia un cambio cultural profundo en la forma en que la sociedad percibe, aborda y habla sobre el suicidio.
La desangelada política pública en salud mental de la provincia cumplirá este 10 de septiembre tres años declamando el Día de la Prevención, aunque en realidad se tomó la campaña de la OMS con notoria superficialidad y desinterés.
Surge un interrogante que está en la agenda de la ciudadanía, teniendo en cuenta que las tasas de suicidio en Salta son más altas que el promedio mundial y nacional. La pregunta es ¿qué no se hizo en los últimos tres años, para que Salta llega tener semejantes datos?
La tasa planetaria estimada es que cada 100 mil habitantes, 9 se suicidan. La buena noticia es que a nivel mundial las cifras han descendido en las últimas décadas, excepto en el continente americano, donde la tendencia sigue al alza. Es el caso argentino, por ejemplo.
En el país la tasa creció y hay cerca de 12 suicidados por 100 mil habitantes y es la principal causa de muerte en adolescentes y jóvenes de 15 a 24 (y hasta 34) años.
En Salta también la tasa está en alza y hay un récord histórico: de cada 100 mil habitantes, 17 se suicidan. La tragedia se concentra especialmente en la población adolescente.
La rectoría de salud mental provincial no derribó, hasta ahora, ningún mito sobre el suicidio. La indicación sanitaria excelente de la OMS de terminar con eso de que “hablar del tema provoca más suicidios”, aquí en la provincia fue tomado con indiferencia. No hay evidencias de que se va a “Iniciar la conversación”, como pide el organismo mundial.
Durante décadas, Salta tiene el temor arraigado de que mencionar el suicidio o preguntar directamente a alguien si tenía pensamientos de autodestrucción podía «darle la idea» o incitarlo a cometerlo.
Paara la rectoría de salud mental la gente que sufre el fenómeno tiene que llegar sola a los inmuebles donde se atienden los casos. No se plantea hacer salud mental comunitaria, solo atención en los consultorios.
La OMS es tajante frente a esas rectorías de salud mental como las nuestras que se quedan esperando a los que están mal porque quieren eliminarse.
Según sus cifras, más de 3 de cada 4 personas quedan completamente fuera del sistema de contención en salud mental. En porcentajes, la brecha de tratamiento especializado y la llamada “paradoja de la consulta en atención primaria” es que el 80% de los que están en riesgo suicida no consultan.
Esa paradoja es un fenómeno clínico y epidemiológico muy estudiado en salud mental; describe una contradicción alarmante que en Salta se registra en casos de los adolescentes adictos, por ejemplo. La gran mayoría de ellos y que no fallaron en la autolesión, estuvieron en contacto con el sistema escolar o profesional especializado poco antes de morir, pero su riesgo no fue detectado ni tratado. No hubo escucha activa, el contacto previo se perdió como oportunidad y las visitas a los profesionales no sirvieron para frenar el desenlace porque el malestar psíquico quedó invisible.
Como se observa, en Salta aún esperamos que se inicie la conversación de este tema, porque aún falta la decisión técnica y política de la rectoría de salud mental de levantar el velo de la discreción y el secretismo al problema para tratarlo abiertamente como lo que es: un asunto prioritario de salud pública.
Para ello hace falta democratizar la prevención, que no significa mostrar fotos de equipos de salud con escolares reunidos ni reels de los miembros de la rectoría hablando monótonamente de que “si te sentís mal, pedí ayuda”. Frase cliché, recurso comunicacional banalizador y hasta contraproducente, porque reduce la prevención a un eslogan sin contenido.
En las redes la rectoría se habla a sí misma, sin democratizar la voz de comunidades, medios ni actores sociales. En Jujuy democratizaron con leyes y exigencias sanitarias la prevención y lograron bajar cinco puntos la tasa de suicidios.
En tres años de supuesta campaña bajo el lema “Cambiar la narrativa sobre el suicidio”, Salta no se difundió ningún dato epidemiológico ni explicó el programa concreto de prevención o posvención.
Los tecnócratas de la sucidiología salteña, además, son pocos republicanos y no publicitan sus actos. No les interesó durante el trienio de la campaña “Iniciar la conversación” difundiendo estadísticas, mapas de riesgo y resultados positivos junto con los desafíos que quedan por superar.
Este ciclo de prevención está abierto por la OMS para cumplir objetivos claros y precisos hasta el 2026 está perdido. No hace mucho, en un dia hubieron en Salta cinco suicidios. Este año será otro 10 de septiembre con la recuerrente precariedad de los improvisados sanitaristas.
Los actores más dinámicos de la sociedad no fueron convocados a pasar a la gran acción de la empatía social y hacer salud mental comunitaria como política pública. No se movilizó tampoco, al menos, a periodistas, líderes barriales y familias como parte activa del sistema de las buenas prácticas del cuidado de la vida.
En Salta se cerró el juego de la prevención y se la confundió con propaganda institucional para la imagen de la rectoría de salud mental.
(*) Periodista especializado en temas psicosociales y salud mental.
