Gastón Galíndez no es un funcionario cualquiera: ocupa uno de los cargos más jugosos de la Legislatura salteña —Secretario Administrativo, ni más ni menos— y, como todo buen privilegiado del Estado, su mayor esfuerzo diario es elegir entre el gimnasio o la selfie del día.
Tiene oficina, sí. Amplia, calefaccionada, pero si alguien la ve habitada por más de 15 minutos es porque se cayó el sistema o entró por error creyendo que era el baño. Galíndez pasa por ahí a la mañana, deja olor a perfume importado, saluda con la sonrisa falsa caracteristica y se esfuma.
Mientras tanto, el hombre administra millones en silencio. Es el dueño de la caja legislativa, pero no lo distraen cuestiones menores como la gestión, los balances, las leyes o el trabajo legislativo, eso a ningun salteño le interesa. A Galíndez lo obsesionan otros desafíos: cómo combatir el frío con plastico, cómo respirar bien en altura y cómo seguir cobrando sin que se note que no hace absolutamente nada.
Su última gran aparición pública fue un posteo donde aconseja forrar las ventanas con plástico de burbujas. Sí, eso. El material que se usa para embalar electrodomésticos ahora es la estrella de su política de calefacción popular. “No es una solución permanente”, aclara con sabiduría budista, como si alguien hubiera pensado que envolver la casa como un tupper era un plan de gobierno.

Vino de Buenos Aires, donde —según algunas lenguas maliciosas— habría sido confundido con un mozo de un bar gay de Palermo y cuando su fecha de vencimiento parecía clara, Gustavo Sáenz —experto en reciclar lo desechable— lo rescató y lo reubicó como figura del esquema oficialista. Hoy es “el hombre fuerte” de un flan como el «tutti» Amat. Aunque, en rigor de verdad, la única fuerza visible es la que aplica para levantar mancuernas en el gym. El peso lo levanta en el gimnasio, no en la política. La dieta, estricta. La ética, dietética. Y el cargo, millonario. Claro que en esta Legislatura, tener un cargo no siempre implica trabajo. A veces alcanza con la bendición del reciclaje político.
No legisla, no coordina, no rinde cuentas. Pero te enseña a vivir con poco, porque seguro en su casa no tiene estufa y usa plastico en las ventanas. El cinismo es tal, que solo con meditación zen se puede soportar ver cómo se esfuman los fondos públicos entre consejos inútiles, abdominales y funcionarios que viven del Estado como si fuera una membresía de un spa.
Por Susana del Frari
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