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viernes, septiembre 11, 2026

Bettina Romero, de la derrota al desconcierto

Tras perder la reelección frente a Emiliano Durand, la hija de Juan Carlos Romero probó distintos caminos para recuperar centralidad. Ninguno termina de funcionar.

Después de cuatro años al frente de la Municipalidad de Salta y de una dura derrota electoral frente a Emiliano Durand que dejó expuestas varias de las dificultades de su gestión, Bettina Romero inició un recorrido extraño, casi de reinvención permanente, que hasta ahora no consiguió devolverla al lugar que ocupaba.

Primero vino el repliegue. Después de dejar la intendencia, Bettina Romero se refugió junto a su familia en Cafayate y empezó a mostrarse en redes desde una versión mucho más doméstica, alejada de la política y de aquella imagen de funcionaria que durante años había ocupado el centro de la escena municipal. Compras en el mercado, vida familiar y paisaje de campo fueron reemplazando progresivamente a los actos, las inauguraciones y las discusiones de la ciudad.

La transformación tenía algo de curiosa. La mujer que había llegado a la intendencia con uno de los apellidos más conocidos de la política salteña parecía necesitar, después de la derrota, desprenderse precisamente de la política para volver a resultar atractiva.

Después llegó “Sé vos”, el podcast con el que intentó construir una nueva identidad pública. La apuesta tampoco consiguió convertirse en la plataforma desde la cual pudiera recuperar influencia. Y mientras el proyecto pasaba sin demasiado ruido, en la política salteña empezaba a quedar cada vez más claro que una cosa era haber ocupado el poder y otra, bastante diferente, conservar la capacidad de convocar cuando ya no se tiene un despacho, presupuesto ni estructura municipal detrás.

Meses más tarde, Romero volvió a los barrios de la capital, ya con la mirada puesta en 2027. Allí empezó a mostrar calles deterioradas, problemas de infraestructura y necesidades de vecinos, construyendo una narrativa de preocupación por una ciudad que, hasta no hace tanto, estuvo bajo su propia responsabilidad.

Ahí aparece la parte más compleja de la nueva estrategia. Romero no está recorriendo los barrios de una ciudad que acaba de conocer. Los gobernó durante cuatro años. Buena parte de los problemas que ahora utiliza como material político ya estaban allí cuando ella era intendenta y tenía las herramientas para intentar solucionarlos.

Y en ello hay cierta ironía: quien hasta hace poco debía explicar por qué determinadas cosas no se habían resuelto ahora aparece señalándolas con preocupación, como si nunca hubiese tenido una responsabilidad en la ciudad.

La intención de instalar una polarización con el actual intendente parecía ofrecerle un camino sencillo para recuperar visibilidad: si había perdido frente a él, podía intentar convertir esa derrota en una disputa todavía abierta. Pero la estrategia no terminó de prender y Durand siguió ocupando el centro de la discusión municipal.

Las redes sociales, además, dejaron de comportarse con Romero como lo hacían cuando era intendenta. Aquella capacidad para generar repercusiones, críticas, apoyos y discusiones prácticamente en tiempo real perdió fuerza. El poder también tiene su algoritmo: cuando desaparece el cargo, desaparece una parte considerable de la atención.

En este marco, Bettina Romero tiene un enorme problema, de cara a 2027. No se trata solamente de conseguir una candidatura; el desafío es recuperar una relevancia que alguna vez parecía garantizada por el cargo, por la estructura y también por un apellido que durante décadas tuvo un peso específico en la política salteña.

Ahora necesita que la miren sin el despacho municipal detrás, sin el presupuesto de la intendencia y sin la centralidad que le otorgaba ser una de las principales figuras de la ciudad. Necesita convencer a los vecinos que ya la vieron gobernar y a una dirigencia que también vio cómo terminó aquella experiencia. La tarea, por ahora, le resulta demasiado difícil.

Por eso, las recorridas por los barrios pueden tener una lectura bastante distinta de la que pretende. No solamente muestran lo que falta. También recuerdan quién tuvo cuatro años para hacerlo. Y no hizo nada.

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