Era un clásico de la calle. Un carrito que muchos defendían con romanticismo, sin importar que no tenía agua, ni habilitación, ni control, ni nada relacionado con la higiene. El famoso puesto de papas con queso en la esquina de Belgrano y Siria fue finalmente retirado por la Municipalidad. ¿La razón? Lo obvio: vendían comida en condiciones que ni el apocalipsis zombi permitiría.
Lo increíble no es que lo hayan levantado. Lo increíble es que haya estado años operando en esas condiciones, sin que nadie —ni la Municipalidad, ni el sentido común— lo notara. Según Esteban Carral, secretario de Espacios Públicos, el puesto no tenía agua, cocinaban en plena vereda sin autorización y había piedras haciendo de mesas.
Lo que había ahí era un festival de grasa y almidón expuesto al sol, sin cadena de frío, sin control bromatológico y con la fauna del centro como comensal. Porque sí: las ratas también comían sentadas. Literal.
El operativo se dio también por una alerta de Trenes Argentinos, ya que el puesto estaba a metros de las vías. Como si fuera poco cocinar así, también estaba el riesgo de que el tren se lleve puesto a alguien que no solo podia morir por intoxicación sino porque la fuerza arrolladora del tren. Así que, entre la mugre y el ferrocarril, alguien dijo: “basta”.
Pero esto no es un caso aislado. El parque San Martín y buena parte de la ciudad está llena de puestos que parecen salidos de un episodio de “Cocina Macabra”. Carros con choripanes transpirados, verduras podridas y salsas de procedencia dudosa. La salubridad brilla por su ausencia y la Municipalidad aparece solo cuando la situación es demasiado asquerosa para seguir ignorándola.
Recientemente se descubrió que los roedores de talla XXL se metían en los carros, algunos de los cuales fueron decomisados en operativos anteriores. Sin puertas, sin heladeras, sin ningún tipo de cierre hermético, estos carritos eran básicamente comedores para ratas muy hambrientas.
“El problema es que los sacamos y a los dos días ya tienen otro carro”, reconoció Carral. Mientras tanto, siguen hablando de ordenar el espacio público. Pero el orden llega tarde, cuando ya todo huele a cloaca recalentada, cuando la mugre ya es parte del paisaje y cuando hace falta un operativo conjunto para sacar algo que jamás debería haber estado ahí. Ni un día. Mucho menos años.
