La gestión de Gustavo Sáenz atraviesa un proceso de desgaste político que viene sostenido en el tiempo y en una de las áreas más importantes, la regla parecer ser hacer mal los deberes para luego reclamar premios.
Luego de las elecciones provinciales de mayo, en la que el oficialismo sufrió un duro golpe en Capital, pero buscó rápidamente atenuarlo en base a los resultados en el interior, en el Gobierno aparece una vez más un enorme flanco.
El área educativa, ha dejado de ser un refugio de consenso y se ha transformado en el símbolo más doloroso del deterioro institucional.
La docencia, que históricamente sostuvo a la escuela aun en los momentos más difíciles, hoy se siente desmoralizada y castigada. Los descuentos por paros, las cesantías y la falta de inversión escolar no solo deterioran la vida cotidiana en las aulas, sino que expresan una política de desprecio hacia quienes sostienen el sistema educativo.
La situación se agrava con la conducción pedagógica, figuras como Analía Guardo Gallardo, más recordada por su cercanía con el gobernador que por logros académicos, están dejando un saldo muy negativo. Su rol en Planeamiento Educativo está marcado por la percepción de acomodo y de daño al rumbo pedagógico, y su actual cargo como supervisora regional no es más que una estrategia de privilegio en lugar de un aporte real al sistema.
A nadie se le escapa la renuncia mentirosa de Guardo al cargo a principios de febrero, con el único fin de acomodarse como supervisora para mejorar su futura jubilación, tras lo cual, sin cumplir funciones como tal, reasumió como secretaria de Planeamiento.
En paralelo, la ministra Fiore sufrió abucheos públicos, y la inminente renuncia de Estrella Villarreal a la Secretaría de Gestión Educativa expone un ministerio sin conducción técnica sólida. Frente a este vacío, la propuesta de nombrar al abogado Alejandro William Becquer —sin trayectoria en el campo educativo— aparece como una improvisación extrema. Si se confirma, sería la señal definitiva de que la educación ha dejado de ser prioridad política en Salta.
Como si todo esto fuera poco, el Día del Maestro se coronó con una postal insólita: pedirles a los docentes que canten el Himno a la Alegría. En un contexto de malestar, crisis de infraestructura, salarios deteriorados y vínculos gremiales rotos, la consigna fue leída como una burla.
Una muestra de desconexión total, mientras el sector reclama que se priorice la educación, el gobierno responde con gestos vacíos, que hieren más que lo que celebran.
El resultado de este cúmulo de episodios es claro, la gestión Sáenz se sostiene en el poder institucional, pero ya no tiene legitimidad pedagógica ni respeto social.
El gobierno perdió la capacidad de dialogar con la docencia y de transmitir un horizonte educativo. En este terreno, la escuela —que debería ser motor de esperanza— se convirtió en el espejo donde se reflejan los errores, los acomodos y la falta de rumbo.
