La Sala II de Casación Federal tiró abajo la condena contra Nancy Gómez, una mujer que pasó de ser señalada como proxeneta a ser reconocida como lo que siempre fue: otra víctima de Francisco “Chicho” Russo, el cafiso de la noche salteña y hombre de Miguel Isa en sus tiempos de intendente capitalino.
Gómez había sido condenada a cinco años por el Tribunal Federal 2. Pero su nueva defensa mostró lo que en la primera instancia ni se molestaron en mirar: las denuncias previas contra Russo por violencia, amenazas y golpes, y el nivel de sometimiento que él ejercía sobre ella dentro de Terra Nostra, el prostíbulo que manejó durante años en Córdoba al 500.
En la apelación se incorporó un testimonio demoledor de Nancy: “una vez cobré algo mal y me dio una piña que me desmayó. Las chicas lo vieron. A mí me tenían pena; a él, miedo”. Dijo que no era socia del negocio. Que nunca tuvo poder. Nunca tuvo libertad. Era otra de las mujeres bajo el control del jefe.
Chicho Russo fue un personaje clave del subsuelo político salteño. Dueño de Terra Nostra, miembro de la barra de Juventud Antoniana, y ladero de Miguel Isa, con quien tejió relaciones que le dieron cobertura durante años, al igual que cercano a Gustavo Sáenz.
Ese entramado político lo blindó incluso cuando en 2013 su prostíbulo y otros locales fueron allanados en un escándalo nacional. Aquella vez se encontraba el intendente de Salvador Mazza, Carlos Villalba, en uno de los reservados. El jefe comunal fue enjuiciado pero finalmente quedó sobreseído porque se entendió que no tenía nada que ver con el negocio, sino que era un “cliente».
La condena actual de Chicho es casi un chiste: cinco años y medio domiciliaria, sin controles y con vida normal. Russo, pese a padecer HIV, sigue moviéndose como siempre, protegido por relaciones que nunca se cortaron.
Quijote, otro cabarulo
La sentencia que absolvió a Nancy Gómez también ratificó las condenas a otros dos implicados en la causa de los prostíbulos: Mercedes Baigorria y Roberto Quintián Ramírez, los dueños de Quijote, que se encontraba en avenida Tavella.
En el caso de Nancy quedó claro algo que la Justicia provincial nunca quiso ver: ella no era “la administradora”, ni “la que mandaba”, ni una proxeneta más. Era la novia de Russo, sí, pero también su víctima. Él la controlaba, la manejaba y la violentaba. Aun así, a él le dieron tres años en suspenso, y a ella la sentaron doce años en un banquillo como si fueran pares.
El fallo federal, según consignó una nota firmada por la prestigiosa periodista Melina Solá en El Expreso, lo dice clarito: Russo es un tipo conocido en Salta, ex jefe de la barra de Juventud Antoniana, con llegada a políticos y «es conocido por sus contactos con personajes de la política local, no siendo un dato menor que posee vínculos familiares con el actual gobernador de la provincia”.

La defensora pública, Daniela Villalón, lo explicó claro: Nancy estuvo doce años atrapada en un proceso donde tenía los mismos abogados que los otros imputados, o sea, nadie miró su historia. Nadie se detuvo en que había enviudado hacía poco, que tenía un hijo y que terminó en Terra Nostra porque su marido había dejado una deuda con Russo. Entró como cajera porque no tenía otra. Y al poco tiempo cayó el allanamiento.
Lo más absurdo es que el propio equipo de rescate entrevistó a todas las chicas menos a Nancy. Como la vieron anotando cosas en un cuaderno, dijeron “administradora” y listo. Mientras tanto, las chicas contaban que cuando Russo apenas las miraba, se quedaban mudas del miedo. ¿De verdad pensaron que Nancy estaba ahí por elección propia?
Durante años hubo golpes, amenazas, violencia y miedo. Y nadie en el expediente levantó la mano para decir: “che, esta mujer está atrapada”. La trataron como culpable desde el minuto cero.
Villalón lo resumió sin adornos: Nancy estuvo indefensa todo el proceso, nadie habló de su vulnerabilidad, nadie mencionó la violencia que sufría. Por eso pidieron la nulidad y su absolución. Porque nunca fue parte del negocio: fue una víctima más de Russo y de un sistema que la miró sin verla.
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