Mientras el intendente repite anuncios y slogans, en Palmeritas el colectivo no entra, el barro manda y los basurales crecen. La ciudad partida en dos.
El barrio Palmeritas sigue en el mismo lugar de siempre: en el olvido. Pese a las promesas reiteradas del intendente Emiliano Durand y a los discursos sobre “una ciudad integrada”, la realidad cotidiana desmiente todo. Las calles siguen en su gran mayoría sin asfaltar (y las pocas que tienen asfalto están todas rotas), el transporte público no ingresa y los basurales a cielo abierto se multiplican como parte del paisaje habitual.
Con la llegada de las lluvias fuertes, el escenario se vuelve directamente alarmante. Las calles de tierra se transforman en barriales intransitables. Salir a trabajar se convierte en una odisea diaria y el riesgo es inminente. No es una metáfora: es barro hasta los tobillos.
La situación es aún más grave para las personas con discapacidad. En Palmeritas no hay veredas, no hay rampas y no hay alternativas. Circular es prácticamente imposible. El barrio queda aislado, encerrado en su propia precariedad, mientras desde el centro se habla de “accesibilidad” y “movilidad urbana”.
El contraste duele más cuando se mira hacia Costa Azul. Allí, según relatan los propios vecinos, los vínculos con la Intendencia sí dieron resultados: algunas calles fueron asfaltadas y el colectivo ahora puede entrar. No fue magia ni planificación estratégica: fueron contactos. La gestión que no llega por derecho, llega por teléfono.
“Acá la Municipalidad solo aparece para las elecciones”, repiten en Palmeritas con resignación y bronca. Promesas, fotos, recorridas fugaces y después nada. Ni obras, ni servicios, ni respuestas. El barrio vuelve a desaparecer del mapa oficial hasta el próximo calendario electoral.
Palmeritas no pide privilegios ni favores. Pide lo básico: calles transitables, transporte público, condiciones mínimas para vivir y trabajar con dignidad.
