Mientras el saencismo intenta despegarse discursivamente de la Casa Rosada, sus legisladores siguen garantizando quórum y acompañando medidas clave del Gobierno nacional. La doble vara ya no se disimula.
En el saencismo ensayan un discurso que intenta pararse en una cómoda equidistancia: diálogo con la Nación, sí; alineamiento político, no. Esa es la línea que bajó con claridad el jefe de Gabinete provincial, Sergio Camacho, quien negó que Gustavo Sáenz sea mileísta y hasta se animó a ponerle fecha de vencimiento al modelo libertario.
“El diálogo no significa adhesión política”, aseguró.
El problema no está en lo que dicen, sino en lo que hacen. Porque mientras desde Salta se construye ese relato de autonomía, en el Congreso la conducta es otra: disciplinada, previsible y funcional a cada pedido que llega desde la Casa Rosada. No es una sospecha, es una práctica sistemática. Y la última sesión del Senado volvió a dejarlo en evidencia.
Allí, la salteña Flavia Royón no solo se aprestaba a acompañar los cambios que habilitan un avance sobre la extranjerización de la tierra, sino que además garantizaba lo más importante: el quórum. Sin ese gesto, no hay sesión. Sin sesión, no hay leyes. Es decir, sin ese “detalle”, el andamiaje legislativo del mileísmo empieza a crujir.
Royón no es una figura menor ni aislada. Es una pieza clave de un esquema que, mientras en Salta habla de “defender a los salteños”, en Buenos Aires actúa en sintonía con los intereses que orbitan alrededor del Gobierno nacional. Su perfil, además, no deja demasiado margen para la ingenuidad: su vínculo histórico con el sector minero la posiciona más cerca del lobby empresarial que de cualquier épica provincial.
Es por eso que a Camacho no le cree nadie: mientras sostiene que Sáenz “está del lado de los salteños” , sus representantes en el Congreso acompañan medidas que favorecen, una vez más, a los grandes capitales, incluso en temas sensibles como la propiedad de la tierra, en detrimento de los intereses de los habitantes de esta provincia.
El saencismo intenta instalar la idea de un gobierno “dialoguista”, casi como una virtud institucional. Pero en los hechos, ese diálogo se parece demasiado a un alineamiento sin costo político declarado. Se negocia, sí. Pero siempre para el mismo lado.
