En el museo del desperdicio público brillan dos piezas únicas: el “Tuti” Amat y Mónica Juárez. Dos verdaderos obsecuentes premium, certificados por años de inacción y aplausos automáticos al poder de turno.
Amat: la estatua más cara de la Legislatura. Lo del Tuti ya es un caso clínico.Otro año entero sin hacer nada, pero nada en serio.
Ni una propuesta, ni un debate, ni una frase completa. Así es el presidente de la cámara baja. No llega ni a cerrar una idea. El tipo cobra como diputado, pero funciona como adorno institucional.
Y después está Mónica Juárez, que hace unos años nos regaló una de las propuestas más profundas, más transformadoras, más… vacías de la historia legislativa: el Día de la Empanada.
Un aporte a la humanidad. La UNESCO todavía está evaluando declararlo Patrimonio Inmaterial del Descaro. Este año, ni eso. Ni una ocurrencia. Ni un papelito.
Nada.
Se dedicó exclusivamente a hacer campaña por el ponchito, a mostrarse, a recorrer despachos. Y claro, a lo único “productivo” que se la vio hacer: usar su despacho como búnker de mercadería, cual puntera de barrio, pero con aire acondicionado y sueldo millonario.
El colmo del clientelismo saencista. Dos sueldos, cero trabajo. Entre ambos no juntan una idea, pero sí una habilidad envidiable: la obsecuencia como modo de vida.
Son la prueba viviente de que en Salta podes no hacer nada durante años… mientras sigas levantando la mano para lo que te ordenen desde arriba.
La Cámara es un chiste. Y ellos dos son el remate.
Por Susana Del Frari
