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sábado, junio 6, 2026

El día en que el pogo más grande del mundo se volvió eterno

Lejos del silencio, la muerte del Indio Solari desató homenajes y plazas colmadas en todo el país. Se nos fue el lenguaje común de varias generaciones que hoy lo despiden como propio.

Se fue el exponente máximo de la contracultura argentina. Ídolo popular, faro emocional, refugio simbólico de millones. Se fue el Indio Solari. Y el país salió a la calle a despedirlo.

¿Por qué miles de personas coparon plazas en todo el país para llorar a un músico de rock?

Porque nunca fue solo un músico de rock. Fue algo mucho más grande, algo más difícil de explicar y más fácil de sentir. Fue la voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, pero también fue la voz de todos nosotros cuando no teníamos palabras. Fue el tipo que escribió la banda de sonido de nuestras vidas sin conocernos. El que estaba ahí, de fondo, en los amores, en los amigos, en la familia, en una noche rota o en una madrugada eterna.

Por eso, cuando llegó la noticia, esa que siempre supimos que iba a llegar pero que igual nos partió al medio, lo primero que hicimos fue escribirnos. Buscar a los nuestros, a los más importantes. Porque hay algo que nos une y no se explica: todos tenemos una historia con el Indio sonando de fondo.

Muchos no entienden por qué se lo llora como a un familiar. Y es lógico que así sea. Porque esto no es nostalgia ni culto vacío. Es identificación. Es sentir que alguien que te interpretó mejor que vos mismo ya no está, que se fue alguien que dijo lo que vos no podías decir. Que te acompañó sin conocerte, que te sostuvo sin tocarte.

Sin proponérselo —o quizás sí, pero sin declamarlo— Solari fue el líder del movimiento cultural más grande que parió la Argentina. Sin estructuras, sin partidos, sin marketing. Solo con canciones. Solo con poesía. Solo con una ética. “Siempre tuve bandas de combate, no de entretenimiento”, dijo alguna vez. Contundente definición y muestra de principios.

Nos enseñó cosas que no entran en un aula. Que todo preso es político, que somos menos que nuestra reputación, que el lujo es vulgaridad y que vivir solo cuesta vida. Nos enseñó a desconfiar del poder, a abrazar la diferencia, a bancar al de al lado. En el pogo y en la vida.

Y ahora que no está, al menos en este plano, aparece esa sensación rara: mezcla de vacío y gratitud. Orfandad y legado. Porque el Indio no era solo él: éramos todos nosotros. Era ese instante irrepetible en el que miles de personas se volvían una sola cosa.

Vos lo dijiste mejor que nadie: “Las despedidas son esos dolores dulces”. Y sí, duele. Pero también queda todo. Quedan las rutas, las misas, los rituales colectivos, las banderas, las frases tatuadas en la piel y en la memoria. Porque nadie es capaz de matarte en mi alma.

Por: Martín Alfaro

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