En medio de un clima cada vez más violento, una reflexión publicada por el periodista e historiador Gregorio Caro Figueroa en su perfil de Facebook plantea una mirada crítica sobre el estado actual del periodismo y la forma en que este ha ido perdiendo rigor, equilibrio y sentido de responsabilidad.
“Se expande un periodismo degradado. Se nutre de versiones. Moja su pluma en escándalos. Fabrica pronósticos agoreros. Usa y abusa de un lenguaje bélico. Toda diferencia política es un combate. Está saturado de malas ondas. Reemplaza y mezcla información con opinión sin pudor. La mayoría de los columnistas se consideran infalibles. Opinan trepados a un púlpito: condenan y absuelven. Se visten de frivolidad y vedetismo”, publicó en su perfil “Gori”.
En esa línea, se advierte como los límites tradicionales del periodismo se han corrido peligrosamente. Lo que antes se evitaba por ética profesional hoy parece parte del menú habitual. Al desorden informativo se le suma el insulto, la descalificación o el ataque personal y el daño es aún mayor. Porque ya no se trata solo de malas prácticas en el oficio, sino de una degradación total del ser humano.
El disenso se convierte en enemistad y el periodista deja de informar para volverse parte del conflicto. En algunos casos se erigen como jueces: condenan o absuelven desde tribunas que ya no están construidas con credibilidad. En ese ambiente, el lenguaje se vuelve agresivo, la diferencia se convierte en ataque, y el show reemplaza al análisis.
La advertencia de Caro Figueroa plantea la necesidad de un buen periodismo. Pero para eso, hay que recuperar ciertas reglas básicas: escuchar más, chequear mejor, opinar con argumentos y, sobre todo, respetar la inteligencia de quien lee, mira o escucha.
Por Enrique Briones
